Angelita guarrilla

Mi angelita guarrilla,
mi tierno ángel con sexo.
Que me Inspiras
con tus palabras,
con tus gestos…

¡Mi angelita guarrilla!
Que me provocas
con tu mirada,
con tu sonrisa
el sentir mas dulce,
el fuego mas intenso.

¡Ardiente ángel de mi sexo!
¡Desatado
me encaramo a tu cintura!
¡Enardecido
me agarro a tu pecho!
¡Enredado entre tus piernas
me llevan tus alas
en vuelo,
en vuelo,
al mas dulce de los cielos!

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Mendigo

El humo del incendio de toda civilización
luce en el gris de tu cabellera,
en las canas de tu barba.
El fuego del incendio de toda civilización
arde en tus ojos,
en el infierno de tu mirada.
¿Como es posible que ocurra esto?
¿Como es posible que ahora ocurra esto?
¿Como es posible que aquí ocurra esto?

Ya se ve el desaliño,
los pantalones raidos y sucios,
acartonados de sudor.
La piel mugrienta, el olor agrio.
El abrigo, puesto, hasta en verano;
ni un lugar para dejar tus cosas.
Ya no tienes cosas.
En el bazar de la basura
haces colecta de desperdicios,
tienes mierda por riqueza.

Ya se ve el abismo en tu mirada,
el vértigo amenaza con apenas vislumbrar tus ojos,
llegar al borde de tus pupilas,
llegar al borde de un precipicio oscuro.
Caer en oscuro mundo de amnesias,
anestesias necesarias hasta la muerte.
Ya no quieres recordar cuando fuistes niño,
ni nosotros reconcer que fuistes niño;
ya no quieres recordar los errores como lápidas,
esa suerte maldita,
esa suerte bendita
que a los demás nos dió buenos triunfos.
No quieres ver el mundo
mas allá de tu carro, de tu perro, de tu cazillo.
Mas allá de esa tienda en que te venden vino malo,
algo de comida,
de la caridad de los albergues como cárceles.
No quieres ver las fauces de este perro mundo
que no perdona,
se ceba en la desgracia,
depredador cruel.

Y no te queremos reconocer hombre, persona,
miembro de la especie ¡pobre paria!
No queremos darte la mano,
no queremos entrar en tu alma,
no nos roce el ascua ardiente de tu dolor,
no nos invada el humo negro de tu locura,
no nos inunde las venas tu pena ácida.
En esa cueva ardiente donde te quemas,
donde te quemas…

Aun tiene que estar,
aun tiene que quedar un hilo,
una gota,
del manantial aquel que calma la sed,
que da frescor, que da paz…
aun tiene que estar ahí,
dentro,
esa mirada de candor
que todos compartimos por un tiempo.

Yo me quedo aquí,
a este lado de la valla,
acurrucado y cobarde,
acurrucado y cobarde
a este lado de la valla,
esperando que resista,
que resista,
que contenga las olas de desesperación.
¿Podrá aguantar así?
¿Hasta cuando podrá aguantar así?
¿Por qué estamos aquí, prisioneros?

© Juan José Ayuso Martínez

Te daré todos los besos

Te daré todos los besos
como si fuesen mis últimos besos.
Porque puede que un día
al cruzar la esquina
encuentres un nuevo amor.
Y de repente
una impenetrable barrera de cristal
divida el mundo en dos mitades.
Y yo quede al lado de acá
gritando a jirones,
y tu quedes al lado de allá
sin oir mis gritos ensangrentados,
sin ni siquiera reparar en mi agonía,
sin que ni siquiera tengas un pensamiento a mi favor.
Y todo ello
por no haberte amado como es debido.

Te daré todos los besos
como si fuesen mis últimos besos.
Porque puede que un día
sin aviso ni despedida
desaparezcas de mi vida.
Y de repente
las vecinas y tenderos del barrio
ya no darán noticia de ti.
Los edificios y las casas
revelarán su naturaleza de áspera y dura materia.
Las calles, carreteras y caminos
solo serán lineas rectas
que no llevan a ninguna parte,
que me atraviesan como espadas ardientes,
que me encastran en los muros de este infierno de ciudad.
Y todo ello
por no haberte cuidado como es debido.

Te daré todos los besos
como si fuesen mis últimos besos.
Porque puede que un día
al llegar a casa, al abrir la puerta,
me encuentre con la muerte.
Ella estará allí
cómodamente sentada en mi mejor sillón,
bebiendose mi mejor vino,
con la picota y el hacha ya preparadas para mi.
Mirándome con sus ojos de negro abismo,
hablándome con su voz de resonante angustia,
agarrandome con su mano de ceniza y humo de carne
me dirá, riéndose burlona:
“¿Te has despedido como es debido?”

Te daré todos los besos
como si fuesen mis últimos besos,
Como si fuesen mis primeros besos,
besos de hambre eterna
Besos que empiezan y no acaban.
Besos como si no hubiese
ni ayer ni mañana,
besos como arpones
que buscan tu alma,
besos como fauces
tras la gacela que escapa,
besos como lava
que todo lo funde y abrasa,
besos como el estertor que ocurre
cuando mi alma de mi a ti se pasa.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Los que siempre llegan tarde

Aquellos, los que siempre llegan tarde,
solo buscan subvertir el orden establecido.
Por su acción
Todo plan, por infinito que sea,
queda inmediatamente reducido a cenizas.
Las estrellas, los planetas y la luna
salen despedidos de sus órbitas,
no sabemos si a un nuevo lugar en el universo
o para vagar eternamente por el firmamento.

Aquellos, los que siempre llegan tarde,
solo buscan llamar nuestra atención.
Por su acción
Todo asunto, por transcendente que sea,
queda inmediatamente pospuesto hasta nuevo cataclismo.
Todo hombre, animal o cosa
ha de atender sin dilación ni excusa
hacía ese nuevo centro por ellos decido,
no sabemos si para recibir una buena noticia
o simplemente contemplar a sus amos.

Tu, como de costumbre, llegarás tarde.
Toda mi inteligencia no bastará
para contener la rabia que me embarga.
Ya no hay tiempo en toda la historia del tiempo
para todo aquello que nos prometimos.
Pero aún puede ser peor
porque
de repente,
el mas atroz pensamiento me invade
y pienso,
de repente,
que no es que esté ocurriendo que llegues tarde
si no que puede estar ocurriendo que nunca llegues.
Y en este momento
Bajo mis pies
se abre el suelo
y mi alma cae al mas horrible de los infiernos.

Tu, como de costumbre, has llegado tarde.
Tu sonrisa es como una nueva creación
después del fin del mundo.
En este momento
todos los relojes han empezado a caminar de nuevo.
Llegas tarde a propósito.
¡Bruja de mi corazón,
hechicera de mis sentimientos!
Llegas tarde a propósito
para que me de cuenta
del horror que sería
que no llegases nunca
Y así nunca llegue el día
en el que no me importe
que llegues tarde
o que no llegues.

© Juan José Ayuso Martínez

Haikus III

estrella

 

 

 

 

 

1

Noche estrellada;
lienzo que vendes mundos,
fulgentes joyas.

2

Manto de estrellas.
fragor contra las rocas,
suave en la arena.

3

Viento que todo
barre y arrastra. Anhelo
de hojas nuevas.

4

Esta tu lágrima
perla, gota de luna
es de tu alma.

5

¡Estate atento!
Con muy leve sentir
susurra el ángel.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Triste lluvia

lluviaenventana

La lluvia siempre es triste.
Es triste y quisieras
que en el dulce espacio de tu cama
alguien te diese calor
mientras aire y tierra se ven subyugados por el agua.

En la comodidad de tu estancia
la luz apaga su visión a través de la ventana
y solo el piqueteo de las gotas revela su presencia.
A veces ni siquiera eso y entonces
la lluvia siempre es
fantasma convocante,
fantasma de otras lluvias.

La lluvia puede ser triste
o puede ser puñal que entra en la garganta,
oscuro aire,
mar oscuro,
que llega al corazón y allí se queda.

La triste lluvia te convoca
a mezclar tus lágrimas con las suyas.
Tierna te acogera en su líquido consuelo
que limpia la vida.

Nunca he caminado desnudo bajo la lluvia.
Nunca he penetrado su agua,
Nunca ha penetrado su agua
por todos los resquicios de mi cuerpo,
no he despedido vaho,
no he luchado por mi vida bajo la lluvia.

Cuando te envuelve su oscuridad
la lluvia es la materia del espacio,
extraña mezcla
de gotas vacías, gotas llenas,
mar extraño.

Pero la lluvia siempre gana,
la lluvia siempre gana.
Solo queda esperar acurrucado
hasta que arrastre la sangre, las lágrimas,
purifique músculos, huesos…
o decida que esta vez no será,
que quizás otra lluvia.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Haikus II

¡Negro asfalto!
Grietas serán tu ruina;
la hierba saldrá.

¡Hay luna llena!
Cuando se marche el hombre
vendrá el lobo.

Caí al infierno
el día que te fuiste,
¡Corazón blanco!

Piar de gorrión,
leve gemir,  encienden
mi corazón.

Luz azul mar,
luz azul de tus ojos;
indistinguibles.

¡Tu ponte cómodo!
Es para ti el mundo
casa, viajero.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Tormento

Mi cuerpo sufre tormento
cuando imagino tu cuerpo.
Mi cuerpo sufre tormento
cuando imagino mis manos
amasando las cachas de tus nalgas,
cuando imagino mi boca
recorriendo tu piel,
cuando imagino mi lengua
tus pechos recorriendo.
Sufro la angustia de la sed
cuando imagino los mares de tu vientre
navegados a tientas por mi pene,
navegados anhelante de luz
hasta que me concedes isla o bendición.

No quiero seguir sufriendo
y dejo de imaginarte
barro entre mis manos,
piedras bajo el agua del río,
y entonces ocurre lo peor;
y entonces empiezo a pensar
y escucho el eco de mi pensamiento:
¿Y que hago yo en este mundo?

Como dioses

Avanza raudo el tren.
Corcel, animal ágil y veloz,
como si estuviese vivo,
vivo por nosotros
que lo hicimos de la nada
cual dioses, o dios.

Se elevan gráciles y bellas
la torres, las altas torres,
los árboles del parque,
como rocas y bosque
plantados por nosotros
donde nada había
como por dioses, o dios.

Hacemos nuestro mundo
de ciudades, industrias,
ondulantes sembrados
como un nuevo mundo
sustituto del mundo dado,
dominando la naturaleza,
la intima razón de las cosas,
de las mentes,
de las personas,
sin dioses ni dios.

Y hacemos de las gentes
rebaño
que traemos, llevamos
y comen lo que les damos
como si fuésemos pastores, o ganadero.

Y manejamos sus corazones
como marionetas,
que desean lo que les susurramos
y hablan lo que les hablamos,
como espíritus o demonio.

Y tomamos a los hombres por cosas
que se cuentan, traen y llevan,
que se compran
y se tiran si no valen
como consumidores, o comerciante.

Tomamos a los hombres por cosas,
cosas ajenas a nosotros,
vacíos de nosotros mismos,
objetos sin alma,
objetos en una mente perversa.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Si Dios fuese un hombre…

Si dios fuese un hombre escuchando el mar apreciaría, sin dudarlo,
las complejas ecuaciones que rigen el rizo de las olas,
el entramado de fórmulas que gobiernan su ir y venir en función del viento, del sol y de otros parámetros del planeta.

Si dios fuese un hombre contemplando el mar percibiría, sin dudarlo,
todas las longitudes de onda de la luz que incide en su superficie o sobre la arena, mojada o seca, y describiría la trayectoria de cada fotón en una bella fórmula.

Si dios fuese un hombre a pie de mar escucharía, sin dudarlo, todos los gritos de todos los hombres que se ahogan,
y sentiría toda la angustia de sus corazones
y comprendería todas las razones,
ya estuviesen estos orilla de donde se encuentra
o en cualquier otro lugar de la tierra.

Pero yo no soy dios sino solo un hombre y, como mucho
puedo embelesarme con la belleza del rizo de la ola,
puedo embelesarme con los reflejo del sol en el agua y el juego de las sombras.
Como mucho,
puedo escuchar al hombre que se ahoga cerca de mi
y sentir su angustia
y echar mi mano para ayudarle.

Quizás
yo sea un poquito de ese dios a la orilla del mar…

Pero hay hombres que llegan a creerse dios
y juegan con la vida
poniéndole precio al pan,
vendiéndole balas al enemigo,
infundiendo engaños en los corazones,
decidiendo quien entra y quien se ahoga.

¡Si dios fuese un hombre a la orilla de mar…!

Pero yo no soy dios sino solo un hombre
y clamo venganza:
Para ellos
la tumba angosta
horadada en la roca,
el estrecho hueco
en el que retumben y retumben
los gritos de los ahogados,
para siempre.

© Juan Jose Ayuso Martínez