Monstruo masculino

Hombre; masculino singular.
Hombres; masculino plural.
Un hombre puede ser todos los hombres.

Atrévete a decirlo.
Vamos,
atrévete a decirlo.

“No me importa la sangre derramada
de ese negro bastardo,
ni la de ese pobre diablo
del suburbio.
Ni esos mocosos famélicos
que exhiben su sufrir en el telediario.”

¡Vamos, vamos!
¡Atrévete a decirlo!

“No me importa la sangre derramada
del que no es de mi grupo,
del que no es de mi puño,
del bastardo que no grita
lo que yo grito.”

Atrevete a decirlo.
Vamos.
¡Dilo, dilo!

“Me deleito con la mueca angustiada
de la pobre esclava
que me vende su cuerpo
para que me regocije en su sufrimiento
abusando de su sexo.
Solo porque tengo el dinero.”

Vamos.
¡Dilo, dilo!
¡Dilo!

“Gozo del horror de su rostro,
me excito cuando la golpeo
la humilló,
se me pone como una estaca
y solo pienso en penetrarla
hasta la muerte.”

Dilo, dilo…

“Yo soy el que manda,
yo el que decide quien come y quien habla.
Yo soy el macho de la manada.”

Solo la vida del mendigo es honorable

Me despierto
pensando en la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que convierta el polvo de la casa
en polvo dorado,
el chirrido de los coches
en cantar de pájaros.

Desayuno deprisa,
ando deprisa,
cojo el tren a la carrera,
empujo, me empujan.
En esta intimidad forzada,
en medio de este disgusto amargo
busco la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que me lleve,
a la cumbre de mis montañas,
tan amadas.

Y ya en la oficina
trabajador obediente,
sumiso esclavo,
borrego que pace su pasto
en este redil de dorados barrotes
busco desesperado las palabras mágicas,
esos versos,
que me abran la puerta,
que me hagan dar el paso,
que me lleven a caminar
a la orilla de la playa.

Solo la vida del mendigo es honorable.
Pero nunca conoceremos
la combinación exacta de palabras
que conforman el poema
que le transporta al paraíso.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Ardor

Un fuego crece
ladera abajo
de dulces sales
y agua mineral.

Un río contenido
furiosas aguas
de bravo empuje
difícil sujetar.

¡El cerco roto!
No se remansa
el río, fuego
no para de quemar.

¡Hermoso cataclismo!
Olas que abrasan,
ríos de fuego.
¡Ardiente navegar!

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Polígono industrial

(Llevo años pasando por Villaverde Alto, unas temporadas en coche, otras en tren, y hoy me ha venido un recuerdo, como un grito)
Te deseamos en toda tu extensión.
Desde el azul tan claro de tus pupilas,
pasando por tu mirada incitadora,
por tus labios rojo fuego y tu lengua,
presentida entre tus dientes como perlas,
en la mas ardiente de las promesas.Te deseamos desde el cuello tan hermoso
bajando por tu pecho, apenas contenido en tu sostén,
tus pezones entrevistos por la puntilla de sus copas.
Y tu vientre, tan blanco,
adornado por esa perla en el ombligo.
Y tus manos, insinuantes, por tus ingles,
levantando suavemente las braguitas.Y tus caderas cadenciosas,
y tus piernas tan esbeltas,
y tus pies de tacón de aguja.Te deseamos como alimento animal
y tu no tienes la culpa
de que estemos ciegos y no veamos
la podedumbre donde pisan tus tacones,
el chulo que no muy lejos te vigila,
el espeluznante espectáculo
que es el borde de esta calle,
al lado de este basurero,
junto a este barrio
de desesperación y miseria.

Te deseamos como depredadores hambrientos
y tu no tienes la culpa.
Hermosa flor,
cortada por el horrible segador
para dar de comer a los cerdos,
cerdos devoradores de tu carne,
aniquiladores de tu alma.

Te deseamos bestias culpables
y deberíamos lavar tus pies,
curar las heridas de tu mirada,
devolverte la juventud perdida,
erigirte reina omnipotente que reyes hay ya demasiados,
adorarte como diosa plenipotenciaria,
amarte como ser humano compañera de la lucha.

© Juan José Ayuso Martinez

 

Perro, perrillo

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Mini, con su cachorro

No pocos de nosotros hemos vivido toda su vida, desde que llegaron como cachorros, hasta el día en que murieron.

¿Que enseña un perro?
Cuando era juguetón…
¿Qué al morir?

Siempre suele haber algún perro acompañando al mendigo, al anciano, al solitario…

¿Qué tienes tú?
¡Consuelo al viejo das
amigo perro!

Mientras conduzco asisto, de huesos y entrañas, al mas horrible aquelarre…

¡Atropellado!
Lo que se ve en mis ojos
¿No está en los tuyos?

Y viene a nuestro lado, solo porque sí…

¡Corre conmigo!
Por el camino fiero,
corazón fiel.

© Juan José Ayuso Martínez. La foto es de Mini, la perra que tuvo mi hermana.

Parecía divertido

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Dábamos caza a los mas grandes animales,
fieros depredadores o inmensas moles,
por verlos a nuestros pies rendidos.

Parecía divertido.

Doblegábamos la tierra y el tiempo,
puestos a nuestro servicio,
y tirábamos a la basura
todo lo que nos sobraba de comer.

Parecía divertido.

Las grandes ciudades, las grandes obras,
ensimismados en nuestros propios logros,
dominio sobre la naturaleza y las cosas.

Y el maná de las plastihamburguesas
corría para todos, como si no hubiese fin.
Y la fiesta continuaba a todas horas
como si todo fuese bien y no hubiera de acabar,
mientras algunos pocos se erigían
poderosos y ricos.

Parecía divertido.
Hasta que el mar empezó a escupirnos nuestro orín,
Hasta que el cielo decidió volverse ceniza y humo,
Hasta que la tierra renegó de sus hijos predilectos.
Y ya no fue tan divertido.

Hoy hace ya
mas de mil días que no llueve
y el polvo nos penetra
y nos reseca la boca
y nos quema las entrañas
y ya no es tan divertido.

A día de hoy
sobre todos pende la amenaza
de un tumor maligno
sin que nada pueda evitarlo
ni haya consuelo para el dolor de los pobres,
y ya no es divertido.

A día de hoy
el pan es una quimera
y ardemos
y somos pasto de batallas
y no es nada divertido.

Pero todavía queda un lugar,
un lugar virgen donde los ricos acaudalados
han hecho paraiso,
han hecho fortaleza,
privilegio que les otorga el poder y la riqueza.

Y yo, que ya estoy viejo y decrépito y pronto moriré,
ejerciendo la mas arraigada tradición humana
les digo a mis hijos que se hagan soldados,
fieles vasallos de esos hombres poderosos,
que lo que cuenta, al fin y al cabo, es sobrevivir.

© Juan José Ayuso Martínez