El café del abuelo

(Poema surrealista claramente imitativo)

Un abuelo toma café con su asistenta en el parque.
Ella, joven y lozana, lo apura con fruición.
El, viejo y cansado, apenas toma unos sorbos.

Un abuelo toma café con un mendigo del parque.
El, demacrado y mísero, lo agradece con fervor.
El, viejo y cansado, observa como el líquido marrón se disemina por el aire.

Un abuelo toma café con el demonio Orbered.
Ello, maligno y maloliente, sopesa las luces de colores.
El, viejo y cansado, observa los niños revolotear en el aire.

Un abuelo toma café en la cumbre de una montaña.
El lugar, frío y solitario, no alberga interés alguno.
El, viejo y cansado, ya no tiene interés por nada.

Una estrella observa al abuelo tomando café.
Ella, lejana y fría, no siente pena alguna por el viejo.
El, viejo y cansado, tiene un recuerdo de su afán juvenil por las estrellas.

La muerte acompaña al abuelo que toma café.
Ella, eterna y misteriosa, no sabemos siquiera si piensa.
El, viejo y cansado, sopesa implorar por otra taza o nada.

Un abuelo toma café con una momia en su cámara mortuoria.
Ella, desesperada de soledad, no deja de parlotear narrando hechos de tiempos bíblicos.
El, sorprendido y admirado, levanta los ojos por primera vez en mucho tiempo.

La vendimia de estrellas fue galante,
el mosto es luminiscente y hay que beberlo rápido para que no se evapore.
Un hombre bebió y soño con cascabeles y estaciones de tren.
Una mujer bebió y construyó una vía para que volviesen los gatos.

La vendimia de moluscos fue galante y nocturna,
el mosto es terroso y solo sirve para regar canciones.
Un hombre regó su brazo de mosto y un avión sobrevoló por encima.
Una mujer regó su cintura y el firmamento se llenó de pequeños cobayas.

Llega el otoño pero los castaños ya no son peligrosos,
ahora en las avenidas los setos se conjuran para levantar la falda de las mujeres.

A una mujer le levantaron la falda y llevaba veinte inmigrantes de incógnito.
A una mujer le levantaron la falda y vieron como el suelo se disolvía a su paso para luego reaparecer.
A una mujer le levantaron la falda y no descubrieron nada y la eligieron por reina.
Enredaron sus ramas en su cuerpo y se convirtió en estatua de madera.

Pero la mujer se cansó y gritó y todas las hojas se encresparon, le dieron la razón y se marchó.

Ahora vendría el invierno pero este año no quiere melancolías absurdas y ha encerrado a todos los poetas juntos.
Los lápices se han sublevado ante la inminencia de su desuso y han interpuesto una demanda.

El abuelo no está para demandas y ha decidido que haya invierno,
que a él le gusta ponerse el frío de corbata,
y tomar café.

El abuelo toma cafe con un macetero en el parque.
Ello, ahíto e tierra, cultiva un plantón de monjes benedictinos que cantan de maravilla.
El, viejo y cansado, empieza a estar harto de los globos de colores.

El abuelo toma café con el guardia de seguridad.
El, ansioso por contar un secreto, lleva una varita mágica y de vez en cuando se convierte en misal antiguo.
El, viejo y cansado, siente pereza ante la idea de asistir al concierto de latas de cebolla.

El café está llegando a su fin y la asistenta descubre sus hermosos pechos.

Un velero bergantín naufraga en el sexo arbolado de una mujer amada.
Parece que el universo cabalga a lomos de una idea e intenta reconfigurarse para dar razón a las palomitas de maíz.

El abuelo no cree en el Big Bang así que coge su taza de café.
Mientras, su asistenta se eleva un poco hacia los cielos.

El abuelo, por fin, termina su café.
Su asistenta le acoje en el regazo para amamantarle con mosto de azucenas.
Para mañana ya tienen varias citas.

© Juan José Ayuso Martínez

Historia de un hombre y un burro

Dedicado a El refugio del burrito

Pasaban burras blancas con la leche
por los caminos de la madrugada.
Pasaban burros grises de labores
por los caminos a los campos.
Pasaba el pobre burro oscuro
arrastrando
el ataud del pobre al cementerio.

¿Donde está el burro, hermano? ¿Donde está?
Tu burro gris, cabalgadura inmensa
por mares e islas,
por espacios siderales.
Tú burro inmenso!
Daba un paso y cruzaba un continente,
daba un trote y cambiaba de planeta.

¿Donde está el burro, hermano?
El burro pardo
que llevó piedra a piedra los muros de tu casa,
llevó la cal, llevó la arena,
sacaba agua del pozo,
labraba tiernos surcos
donde crecía el trigo
con el que hacías pan.

¿Que le hiciste? ¡Hermano! ¿Que le hiciste?
¿No te servía el viejo burro
y lo vendiste al matadero?
¿Te llegaron a dar trece monedas?
¿Que te dijo la tierra de regreso?
¿Que se callaba el aire,
que silencio de pájaros gritaba,
que vacío sumía al sol en negro?

¿Que has hecho con tu vida, hermano?
Ahora
con agrio engaño sacas agua.
Ahora
comes el pan de imitación.
Ahora
son otros quienes mandan en tu casa

¿Que pasará contigo, hermano?
Como tu burro pronto estorbarás.
No habrá tierra llamándote,
no habrá plegaria por el aire.
Tu muerte será seca o sucia o dura
y no habrá pájaro cantando.
Estadisticamente morirás
sin que se mueva un dedo
para contarte entre los muertos.

Pero no tengas miedo.
Él te espera, paciente, humilde.
De sobra sabe de tu error y dulce
aguarda para caminar contigo.
No hará falta que digas nada:
escucha solamente
en lo hondo de sus ojos negros
brillar a las estrellas.

© Juan Jose Ayuso Martínez