Místico carro de la compra

Bajó Eulalia a la compra un día más,
y un día más,
se encontró con Felisa que volvía.

—¡Eulalia, que subió el pescado!
—¡Felisa, adonde iremos a parar!

—La sobrepesca y la codicia
del que pesca.— Dijo Felisa.
—El alma ennegrecida se descubre.
Eulalia respondió.
—Ya no se pintan blancas las paredes,
ni se viste de blanco.
—Ya no calienta el sol sino que quema.
—Ya no existe refugio para unos huesos puros.
—El fuego es vaticinio de la nada.
—Eulalia, nadie escucha ya los ruegos.
—El vacío, Felisa, es ahora nuestro sino.
—Yo te ofrezco en mis manos,
Eulalia, algo de luz.
—Para ti tengo sal,
Felisa,
y una gota de mar

Se juntaron sus manos,
mientras paraba el autobús
y delicados ángeles bajaban,
envueltos en un halo amarillento,
a elevarlas un poco sobre el suelo.

Unidas por las manos levitaban,
una con la otra, una,
mientras el chino vendedor furtivo
fumaba indiferente.

—¡Eulalia, que el pescado está más caro!
—Creo que congelado tengo un poco,
lo compraré mejor mañana.

Y un rubor onduló la calle,
y Felisa siguió para su casa,
y Eulalia fue para el mercado.

 

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