Habla Fuerte

Súbete a una escalera,
hasta arriba,
estira la mano e intenta coger una estrella.
No importa si no puedes.

Extiende tus manos,
con las palmas al cielo,
implorantes, abiertas.
No importa si quedan vacías.

Coge tu corazón,
divídelo en cuatro partes
y ponlo a levitar encima de la mesa.
No importa si pierdes mucha sangre.

¡Habla fuerte!
¡Que se te oiga!

Que te oiga el tendero,
que te oiga el policía,
que el asesino de la esquina te oiga también.

Que te oiga tu mujer o tu hombre,
que te oiga tu hijo,
que el vecino que no saluda responda por fin.

¡Que se te oiga!

Que se rompan piedras.
Que se hagan eco de tu voz los muros.
Que se hagan eco de tu voz los cielos.
Que salga el sol, que florezca la luna.

Que nazca un río,
que corra el río,
que se desborde,
que inunde el mar, provoque tempestades.

¡Que se te oiga!
¡Habla fuerte!
¡Habla fuerte de una vez!

© Juan José Ayuso Martínez

Hijos de Madrid

Hijos del inmigrante de extrarradio
sabíamos del barrio
y el pueblo de los padres.
Pero allá, en el centro
misteriosa llamaba la ciudad.

Y acudíamos, a su savia aglutinadora,
acudíamos, religiosos, todos los sábados
a nuestra bodeguita de la Ardosa,
a nuestros minis de cerveza y submarino de absenta.
Glorificamos exultantes,
derrochadores de osadía,
nuestra orgullosa juventud.

Pero todo lo cambia el tiempo
y un día nuestra Ardosa ya no tenía sitio
para los que veníamos del barrio.

Poco importó.
Seguimos celebrando nuestra mocedad trasnochada,
cada vez más arrinconados, contra corriente,
camino de una madurez incierta.

Hijos de la ciudad,
los nietos de Madrid,
alegran calles, bares y terrazas,
viviendo igual precariedad
que la vivida por nosotros,
gozando alborozados, igual que en nuestros días.

Tampoco aquí encuentra sitio
un paria como yo.
Los camareros me echan raudo
y la gente me ignora y menosprecia.
Pronto será de noche y he de volver
a mis mantas, mi caja de cartón,
al ruido de los coches bajo el puente.

No pretendáis llegar
a conclusiones rápidas.
No todos hemos acabado así:
algunos de mis compañeros
gobiernan bancos,
y los dejan entrar en cualquier sitio.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Tempo mecánico

un coche da vueltas en la rotonda eternamente
mientras mecen cunas gatos de metal verdoso
un coche da vueltas eternamente
mientras las espigas lo esquivan
por las calles viajan
hay un creciente muro de silabas
por las calles viajan
hay un creciente galopar de guerreros
por las calles viajan
cuando ella se va
pequeños fantasmas de ilusiones rotas
pequeños fantasmas de anhelos muertos
pequeños fantasmas de sueños de carne tierna

un coche da vueltas en la rotonda eternamente
su conductor sube y baja cada cien años
y el coche da vueltas eternamente
los árboles aprietan y liberan la tierra
los pájaros hacen nidos que flotan en el aire
las ratas lucen banderas ante los gatos guerrilleros
los fantasmas pequeños no crecen
los espectros terribles quieren abrir puertas sin paredes
quieren subir escaleras flotantes
quieren encontrar sus anillos perdidos entre sábanas

un coche da vueltas en la rotonda eternamente
su conductor es un espectro mas
pero el coche da vueltas eternamente
cuando la arena dora los caminos
cuando la piedra emerge de los campos
los fantasmas no crecen
los espectros no mueren
ya sin anhelos ni escaleras
no sabemos que esconden dentro
ya sin sueños y sin puertas
no sabemos
en qué estrato subterráneo estarán los anillos
en qué aire lejano estarán los requiebros
no sabemos que esconden dentro

el esqueleto de un coche da vueltas eternamente
en medio del vacío

 

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Cruzar la selva

Son siete barras blancas
pintadas en el suelo
de un lado de la calle al otro lado.
Y nuestro abuelo aguarda
a que los coches paren
y le dejen cruzar a la otra acera.

Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.

Pasada la primera banda,
llegando a la segunda, un encuentro:
—Buenos días, Eusebio.
—¡Encarna!¡Hola! Buenos días.
Pero el claxon de un coche quiebra y arrasa.

Tumbado en la calle un demonio juega a la gasolina
Juega con sus caballos de potencia en la línea de salida
Desbarata el mundo rojo tras su sangre peón alma carta ficha
Conjura zanahorias cronométricas
Fragor mecánico torres de esperma negro

Y sigue nuestro abuelo a la carrera.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Llegando a la tercera banda,
la cuarta queda cerca.

Hay una simbiosis entre la carne y los salpicaderos como un subproducto lesivo de la carrera de los artrópodos y otras especies
Hay una metamorfosis en la adicción a ciertos dióxidos torres negras que emanan su eflúvico encanto
Absorción metódica y filtrado eficaz configuran un paradigma nuevo en la carrera en la que el pato ha quedado fuera de juego
El paraiso está mas allá a la carrera al derrape acelerado arrebato furioso arrebato iracundo trance
Un paraiso rabioso estorbado insignificante desterrado humano insignificante

No lleva mala marcha nuestro abuelo.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Cruzando por la quinta banda,
la meta está en la sexta.

El camino se estrecha el camino se estrecha como puente de palo sobre precipicio de fuego
Como columpio sobre fauces de fuego lenguas igneas ojos negros ojos negros
Como brazos que acunan por encima de ardientes hienas en la yerba ardiente de un paraiso invertido
Entre finos dientes niquelados que buscan la caricia volteada que malgasta la sangre
Entre ojos rojos ojos negros pozos negros

Por fin llegó a la sexta.
Toma aliento y mirando atrás observa
como en la calle corren sin piedad,
como aceleran como un látigo.

Ya en la acera,
despacito,
con buena letra,
llegará al centro de mayores,
a sus amigos,
preguntará que tal Alfonso,
se tomará un café descafeinado.

Después de algún lamento,
y algún consuelo
y una mañana más en la tierra,
volverá despacito,
con buena letra,
y otra vez cruzará
por el paso de cebra.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Desahucio Consentido

La rosa pétalos metálicos con que embestías sinrazones y desdichas, aniquilabas los subterfugios de los cobradores de deudas antes siquiera de llegar a la puerta.
El cilicio púas de satén con que rodeaba tu cintura de cristal, la blancura perla de tu piel confundida con el resplandor fresco de una supernova.

Llévate el viento por el camino gusano de cuentas doradas
Llévate el sol por el secreto de los mineros de aguas
Llévate el aire por la ceniza que surte de los membrillos
Llévate la luz por las cimas reino de algún animal desconocido

La rosa espinas nacaradas con que batallabas heroína razón y gloria de tus triunfos sobre los más variopintos burócratas de pergamino.
La fusta sabor a fresa con que regalaba tus oídos, tus ojos, el fulgor rosado de tu lengua en la cabalgadura fructífera de estrellas y plegarias atendidas.

Llévate el agua por misericordia de los perros giróvagos
Llévate el barro por acción invisible o pecado de omisión
Llévate la lluvia por favor de los hombres que pasan hambre
Llévate la tierra por orden directa de los gusanos de seda

La rosa afilados pétalos de diamante con que desmembrabas los tanques en fila para su revisión anual antes de que pudieran dar parte al seguro.
El látigo seda que siembra lágrimas de azúcar por el fulgor azul que emanaba a media distancia sin otra razón que los extremos que la definen.

Fuego queda por llevarte
Fuego a media distancia de las sombras, de las razones de ser de las sombras y de la oscuridad
Fuego aún queda por llevarte
Fuego extinto en llamas azules, en sombras blancas, en luz de fin de función.

Me queda un túnel de gusano entre el esternón y la columna donde antes había un flagelo.
Te queda una explosión de cristales en una atmosfera de gel transparente.

(C) Juan José Ayuso Martínez