Hijos de Madrid

Hijos del inmigrante de extrarradio
sabíamos del barrio
y el pueblo de los padres.
Pero allá, en el centro
misteriosa llamaba la ciudad.

Y acudíamos, a su savia aglutinadora,
acudíamos, religiosos, todos los sábados
a nuestra bodeguita de la Ardosa,
a nuestros minis de cerveza y submarino de absenta.
Glorificamos exultantes,
derrochadores de osadía,
nuestra orgullosa juventud.

Pero todo lo cambia el tiempo
y un día nuestra Ardosa ya no tenía sitio
para los que veníamos del barrio.

Poco importó.
Seguimos celebrando nuestra mocedad trasnochada,
cada vez más arrinconados, contra corriente,
camino de una madurez incierta.

Hijos de la ciudad,
los nietos de Madrid,
alegran calles, bares y terrazas,
viviendo igual precariedad
que la vivida por nosotros,
gozando alborozados, igual que en nuestros días.

Tampoco aquí encuentra sitio
un paria como yo.
Los camareros me echan raudo
y la gente me ignora y menosprecia.
Pronto será de noche y he de volver
a mis mantas, mi caja de cartón,
al ruido de los coches bajo el puente.

No pretendáis llegar
a conclusiones rápidas.
No todos hemos acabado así:
algunos de mis compañeros
gobiernan bancos,
y los dejan entrar en cualquier sitio.

© Juan José Ayuso Martínez

 

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