Evocación

Veo tu cara suave
en la apagada luz
de nuestro cuarto.
Tus ojos
que me miran desde mas allá,
tus labios
de eterna pregunta callada,
Y veo a la niña
que siempre has sido,
A la niña primera a la que quise,
cuando niño,
y que no sabía que quería.
A esa niña
a la que buscaba en el juego,
haciendo el bruto
buscando el contacto con su cuerpo,
toscamente,
Y que ella rechazaba
sin compasión, sin remordimiento y sin picardía.
A veces le escribía poemas.
Buscaba su cercanía,
oír su voz,
cuando aún no sabía que la quería,
cuando no sabía lo que mi cuerpo pedía,
ni sabía lo que se hacía con las niñas.

Después ya lo supe.
Aprendí el misterio de los volcanes
y la luna,
el misterio cálido y húmedo
del sexo,
el misterio vibrante y tenso
de los cuerpos.

Y busqué,
ya en la adolescencia,
durante largos años,
durante un tiempo infinito y desgarrador,
hasta la desesperación,
empujado por el terrible deseo,
el primer amor de la juventud,
el único amor.

Hasta que encontré
en otro rostro y otros ojos
una respuesta a mi pregunta,
una pregunta para mi respuesta,
un anhelo común y un consuelo.

Torpemente
le dí mi primer beso,
torpemente
desvestí su ropa y la mía,
acaricie su cuerpo,
torpemente
apretujé sus pechos,
apretujé su cuerpo.
Torpemente
busco mi sexo su sexo,
torpemente,
entro mi cuerpo en su cuerpo
y, torpemente,
me corrí treinta segundos después.

Pero no importó.
Entonces teníamos
todo el camino por recorrer,
toda la piel por estrenar.

Veo tu cara tierna
a la luz apagada
de esta tarde eterna.
Tus ojos
que me miran desde siempre,
tus labios
respondiendo eternamente
a mi pregunta.
Y veo a la niña
que siempre serás,
a la adolescente
que busco en mis sueños,
a la mujer
que amaré siempre.