Resumen de los días

Ahora me suicido los días impares.
Busco un árbol o un puente alto,
y me transformo en hoja o piedra,
y me dejo llevar o caigo.

Los días pares decido ser feliz.
Busco un amor, o un hijo al que cuidar,
o un perro que me saque de paseo.
Y dejo al perro suelto
para que busque
y me encuentre un amor.
O simplemente me conformo
con la cara feliz que pone
oliendo el aire libre.

Siempre hay días impares que lo intento
con las noticias del telediario,
o busco alguna piedra que necesite mis cuidados,
o alguna discusión inútil.
Pero todos los días sobrevivo
y me acuesto, ilusionado por el día par que se avecina.

Algunos meses la cosa no va bien,
a un día impar le sigue otro igual.
Y parece que el sol se oscurece
y el aire se espesa
y que esto no se acaba.

No se, estoy considerando
no suicidarme los días impares
ni ser feliz los pares.
Vivir todos los días monótonos, por igual,
con sus pequeñas muertes y alegrías.
Dejar que se vayan diluyendo
en el caldo de la vida,
hasta que apenas se distingan,
hasta que llegue un día
que no sea ni par ni impar,
hasta que llegue un día
y se acabó lo que se daba.

© Juan José Ayuso Martínez

ZAPÁTUM REVOLÚTUM

De tanto andar y tanto andar
un día los zapatos
quisieron caminar por ellos mismos.

Y solos van por la calle, en parejas de pie izquierdo y lado derecho. Primero uno y después otro, en síncrona armonía, con el grácil taconeo de la bota o el tacón de aguja, o la suavidad de zapatillas y manoletinas.

Pronto se percataron que no tenían por qué marcar el paso de los hombres. Y como si saltasen a pies juntillas a la par van el pié izquierdo y el pie del otro lado amarrados.

Y de más aún se dieron cuenta: que no tenían por qué ir en parejas ni de calzado ni de pies ni de estilo ni de talla. Y ahora se los ve, a uno de tacón de aguja emparejado con un zueco, a un pie izquierdo con otro izquierdo, a una zapatilla con una bota.

Y más aún se puede ver, que han descubierto que cada uno puede ir solo por su lado, por camino contrario al de su compañero.

Cuando viajan en tren caben muchos más en menos sitio. No necesitan de tantos trenes, ni de tantos autobuses, ni subir ni bajar pisos, ni neveras ni frigoríficos. No necesitan duchas ni calcetines, no necesitan tomar café; solo algo de betún y un buen cepillado.

Ahora en mucho menos habitan muchos más. Ahora el mundo es mucho más grande, más ancho el cielo.

Y a la vista de todo esto ¿Que fue? -Se preguntarán ustedes- ¿Que fue de los que llevaban antes el calzado?

© Juan José Ayuso Martínez

 

Siempre En Medio

Tras una noche de mal sueño,
de humores y olores,
de legañas en los ojos, ojeras, halitosis
y la negativa del cuerpo a obedecer
si no hay una taza de café por medio.

Ante la perspectiva de un día gris,
de un angustioso viaje hasta el trabajo,
de muchas horas de suplicio alienante
y otra derrota más cristalizada en la sangre
a última hora de la tarde.

Ante esto
y tras lo otro
solo tu sonrisa me salva la vida.

© Juan José Ayuso Martínez

 

El Hombre Parasitado

Traen los trenes trenzas en volandas para las fiestas que da el verano en sus
jardines

en los jardines donde sirven bandejas con urracas enjauladas

urracas enjauladas que con cantos estridentes persuaden a los invitados para que
se transmuten en cuervos

y la presión demográfica de los cuervos transmutados obliga a los cuervos
voladores a refugiarse en las montañas del oeste

y las montañas del oeste horadadas por miles de minas se convierten en una gran
ciudad pájaro

y en la ciudad pájaro abren pequeñas tiendas de abalorios para decorar los nidos
antes del día de la eclosión

y el día de la eclosión nace de los huevos la primera generación de
invertebrados reptantes

y los invertebrados reptantes descienden por las grietas de las minas hasta el
fondo de un alma negra

y el alma negra empieza a crecer forzada por la presión migratoria
y se desborda
se desborda
se desborda
en ramas que surgen
de los dedos
de los pies
de los ojos y el cabello
del pecho y las axilas
del hombre propiedad del alma negra en un claro ejemplo de parasitismo de invertebrados reptantes

y los invertebrados reptantes suben por las ramas y hacen nidos

y en los nidos con suma delicadeza casi levitando forman crisálidas

y las crisálidas crecen se expande hasta que se rompen

y cuando se rompen surgen de ellos
pequeños pollos de urraca

Traen los trenes jaulas de trenzado junquillo
para las urracas nacidas en el árbol hombre parasitado

y el hombre parasitado agradece con una leve sonrisa casi invisible que le descargen el peso de las ramas

y en las ramas cuando una urraca abandona el nido otro invertebrado reptante con suma delicadeza casi levitando forma otra crisálida

y las crisálidas surgen y desaparecen como luces que se encienden y se apagan en un árbol de navidad

pero los árboles de navidad no son cadenas de producción de urracas y este árbol si lo es

pero las cadenas de producción necesitan materia prima para funcionar

pero la materia prima se está acabando porque los invertebrados reptantes están llegando a su fin

Traen los trenes leñadores para cortar las ramas secas que surgieron
de los dedos
de los pies
de los ojos y el cabello
del pecho y las axilas del hombre parasitado
y el hombre parasitado agradece la poda con una leve sonrisa prácticamente invisible mientras su alma recupera su extensión original y un suave brillo dorado

y el suave brillo dorado señal es de una operación de éxito sobre un alma que fue negra y no volverá a ser parasitada

Llevan los trenes de retorno a los leñadores y al desparasitado hombre con una amplia sonrisa y alegría en los ojos

Y luego

vuelven los trenes

con trepidantes canciones

para las fiestas que en sus patios da el otoño

© Juan José Ayuso Martínez

Locura final

El hueco del colchón
delata tu presencia,
la forma de tus muslos
que con dientes y lábios y suspiros
tantas veces mi boca recorrió.
Estás aquí, lo sé, en lo oscuro,
susurrándome lasciva
que alimente tus pechos de gozo y de deleite.

Quizás me esté volviendo loco
pero yo sé que estás ahí,
tras la cortina de la ducha,
desnuda,
en la cocina tras la puerta,
en el armario
jugando al escondite.

Puede que loco, si,
pero te siento, te oigo,
andando por la casa,
hablando en la escalera.
Salgo al balcón
y es tu perfume el aire
y son tu voz todos los pájaros
y son tú todas las mujeres

y no hay materia que no te recuerde
y no hay reloj que marque otros latidos
y no hay luz que no venga de tus ojos.

Loco, si, loco!
antes de ti y ahora,
sin ti,
sencillamente loco.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Soledad de una noche de verano

La soledad es una sábana blanca
en una noche de verano
un sexo erguido sin consuelo.

La soledad es tu ausencia
que me inunda de ti
eres tú
soñado mar que me anega.

Te imagino lejos
sexo húmedo
bajo tu sábana blanca.

Y yo
bajo mi sábana blanca
con mi sexo sin consuelo.

Y tus manos
buscando entre los labios
el punto donde nace el firmamento.

Y mis manos
buscando por mi cuerpo.

Te imagino entregada a mi,
llamándome
bajo tu sábana blanca
ofreciendome tus pechos,
tus labios,
ofreciendo tu sexo a mi sexo.

Y mis manos
bajo mi sábana blanca
quieren ser batir de tu cuerpo,
batir de tu sexo, de tus caderas,
batir de tus pechos sobre mi pecho,
batir de alas, volar de besos y de repente,
de repente
muero…

La soledad es una sábana sucia
en una noche de verano
un sexo sin consuelo.

© Juan José Ayuso Martínez

 

La chica del tren

Mis ojos subirán tus piernas,
intentarán leer sus tatuajes,
buscar en ellos
el conjuro moreno de tu piel.

Miraré de reojo
la oscura y estrecha franja que separa
un pecho de otro pecho.
Aunque difícil intentaré,
bajo la tenue ropa que los cubre,
discernir el tamaño exacto de sus cimas.

Ajena a mis pesquisas, te entretienes
colocando los rizos de tu pelo
cada uno en su lugar,
verificando rigurosa
que de las cintas de tu blusa
una está en donde debe
y la otra cae
indolente por el hombro.

Que fuego o agua o leche
ocultará tu cuello
que mis dientes reclaman
y solo quieren
saber de su tersura,
saber de su sabor.

Miraré al techo,
echaré un paso atras porque no quiero
transustanciarme lobo hambriento,
perder el mando de mis dientes.

Bella, hermosa, radiante en tus veinte años
estás como si fueses sola en el vagón,
reina o diosa,
y yo
mendigo de mejor soñar
soñaré
que tengo treinta años menos
y soy
el hombre que te espera.

© Juan Jose Ayuso Martínez.