La Ley de Segunda Oportunidad

Sale Manuel al parque, con el nieto,
mientras los padres bregan con la vida,
con esta vida, para la que nunca
se está bien preparado.

Y mientras le ayuda a subir al tobogán,
o le empuja en el columpio,
piensa Manuel en los días,
cuando él fue padre y sus hijos,
como el nieto, pequeños.

─¡Yayo!¡Yayo!¡La luna, la luna!
¿Por qué sale la luna por el día?

Aquellos días de trabajo a destajo,
de lucha y lucha, de cansancio.
Cuando un latigazo ardiente
le recordaba los días de su juventud despreocupada
de libertad y amores.
Y la amargura le apretaba el corazón
hasta volverlo roca, hasta convertirlo en un tirano.

─La luna sale a veces cuando está el sol para saludarle.
─¡Hola luna, hola luna! ¿Por qué no me saluda a mí?

Nadie le advirtió de cómo era aquello,
se sentía humillado, víctima
por una burla de la que todos eran culpables.
Y convertida su sangre en hiel
no veía la sonrisa de sus hijos,
ni sentía el calor de su casa.

─Es que la luna está muy lejos y no te ve, ni te oye. Por eso no te saluda.
─¿Y si subimos a un piso muy alto muy alto?
─La luna esta muy lejos, muy lejos… Por mucho que subas no te verá
─¿Y no podemos ir hasta donde esta ella?

Pero ahora tiene otra oportunidad:
No se perderá ni una sola sonrisa de su nieto,
se aprenderá todas las historias de superhéroes,
y, lo que nunca hizo, le enseñará a cantar alguna canción.

─Cuando seas mayor, te haces astronauta, coges un cohete y te vas a la luna
─¿Y si me acuesto pronto esta noche mañana ya seré mayor?
─No, mañana seguirás siendo un niño. Y por muchos años…
─¡Pues yo quiero ser mayor para ir a la luna!

Ahora tiene una segunda oportunidad,
y no va a dejar que se le escape.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Danza Consultorio

—Buenos días, ¿Por qué hora va?
—Aún van por las diez.
—¡Ay, menos mal! Que tengo el médico a las diez y cuarto.

Se abre la puerta y se oye: “Pase el siguiente…”

En la plaza del centro de salud
extraños aborígenes
danzan alrededor del fuego.
Taparrabos de plástico, faldones de aluminio y cortinas de baño.

Llega Antonio con sus pasitos cortos y su mujer del brazo.
Mientras, las dos abuelas hablan:
─Mi hija me iba a haber acompañado pero, claro, los trabajos…
─Los hijos, si…

Se abre la puerta… “Pase el siguiente…”

En la plaza del centro de salud
extraños aborígenes danzan alrededor del fuego.
danzan hombres som som
danzan niñas som som
SALTAN GRITAN SOM SOM
ARDEN ARDEN

Y encaramándose al bastón, con su temblor de manos, se pone Antonio en pie…
─¡Que no nos toca todavía, Antonio, siéntate!

─Que dice que le ponen mala cara, pero la hija de la vecina, esa si la acompaña…
─Toda la vida peleando, y luego…
Algo se ahoga en la garganta.

GRITAN SANGRE ZUM ZUM
GRITAN FUEGO ZUM ZUM

En pié otra vez, Antonio, las manos un temblor, el cuerpo en un espasmo.
─¡Antonio! !siéntate, por favor, que no nos toca!

“Pase el siguiente…”

PIDEN SANGRE ZUM ZUM
PIDEN FUEGO ZUM ZUM

─¡Ay! Después de todo lo que hemos hecho por ellos!!

Antonio insiste,
quiere ponerse en pié.

zumba zumba zum
zumba zumba zum
SANGRE SANGRE ZUM
FUEGO FUEGO ZUM

─Pero para que les cuides los hijos cuando quieren juerga sí que están listos y cariñosos…

Antonio quiere
ponerse en pié.

zumba zumba zum
zumba zumba zum
ZUMBA ZUMBA ZUM
ZUM
ZUM
ZUM

─Estando yo en el hospital, con un ictus, mis hijos se pusieron a discutir, a ver quien se hacía cargo de mí. Allí mismo, sin mirar que estaba yo delante. Y a mí, que se me caía encima aquella habitación cada vez más grande y más fría!!
Un torrente amargo, apenas perceptible por un débil temblor.

Ponerse en pié ¡En pié! ¡¡Que todavía puede!!
─Ahora, Antonio, ya nos toca.

“Pase el siguiente…”

Hijos de Madrid

Hijos del inmigrante de extrarradio
sabíamos del barrio
y el pueblo de los padres.
Pero allá, en el centro
misteriosa llamaba la ciudad.

Y acudíamos, a su savia aglutinadora,
acudíamos, religiosos, todos los sábados
a nuestra bodeguita de la Ardosa,
a nuestros minis de cerveza y submarino de absenta.
Glorificamos exultantes,
derrochadores de osadía,
nuestra orgullosa juventud.

Pero todo lo cambia el tiempo
y un día nuestra Ardosa ya no tenía sitio
para los que veníamos del barrio.

Poco importó.
Seguimos celebrando nuestra mocedad trasnochada,
cada vez más arrinconados, contra corriente,
camino de una madurez incierta.

Hijos de la ciudad,
los nietos de Madrid,
alegran calles, bares y terrazas,
viviendo igual precariedad
que la vivida por nosotros,
gozando alborozados, igual que en nuestros días.

Tampoco aquí encuentra sitio
un paria como yo.
Los camareros me echan raudo
y la gente me ignora y menosprecia.
Pronto será de noche y he de volver
a mis mantas, mi caja de cartón,
al ruido de los coches bajo el puente.

No pretendáis llegar
a conclusiones rápidas.
No todos hemos acabado así:
algunos de mis compañeros
gobiernan bancos,
y los dejan entrar en cualquier sitio.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Tempo mecánico

un coche da vueltas en la rotonda eternamente
mientras mecen cunas gatos de metal verdoso
un coche da vueltas eternamente
mientras las espigas lo esquivan
por las calles viajan
hay un creciente muro de silabas
por las calles viajan
hay un creciente galopar de guerreros
por las calles viajan
cuando ella se va
pequeños fantasmas de ilusiones rotas
pequeños fantasmas de anhelos muertos
pequeños fantasmas de sueños de carne tierna

un coche da vueltas en la rotonda eternamente
su conductor sube y baja cada cien años
y el coche da vueltas eternamente
los árboles aprietan y liberan la tierra
los pájaros hacen nidos que flotan en el aire
las ratas lucen banderas ante los gatos guerrilleros
los fantasmas pequeños no crecen
los espectros terribles quieren abrir puertas sin paredes
quieren subir escaleras flotantes
quieren encontrar sus anillos perdidos entre sábanas

un coche da vueltas en la rotonda eternamente
su conductor es un espectro mas
pero el coche da vueltas eternamente
cuando la arena dora los caminos
cuando la piedra emerge de los campos
los fantasmas no crecen
los espectros no mueren
ya sin anhelos ni escaleras
no sabemos que esconden dentro
ya sin sueños y sin puertas
no sabemos
en qué estrato subterráneo estarán los anillos
en qué aire lejano estarán los requiebros
no sabemos que esconden dentro

el esqueleto de un coche da vueltas eternamente
en medio del vacío

 

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Cruzar la selva

Son siete barras blancas
pintadas en el suelo
de un lado de la calle al otro lado.
Y nuestro abuelo aguarda
a que los coches paren
y le dejen cruzar a la otra acera.

Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.

Pasada la primera banda,
llegando a la segunda, un encuentro:
—Buenos días, Eusebio.
—¡Encarna!¡Hola! Buenos días.
Pero el claxon de un coche quiebra y arrasa.

Tumbado en la calle un demonio juega a la gasolina
Juega con sus caballos de potencia en la línea de salida
Desbarata el mundo rojo tras su sangre peón alma carta ficha
Conjura zanahorias cronométricas
Fragor mecánico torres de esperma negro

Y sigue nuestro abuelo a la carrera.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Llegando a la tercera banda,
la cuarta queda cerca.

Hay una simbiosis entre la carne y los salpicaderos como un subproducto lesivo de la carrera de los artrópodos y otras especies
Hay una metamorfosis en la adicción a ciertos dióxidos torres negras que emanan su eflúvico encanto
Absorción metódica y filtrado eficaz configuran un paradigma nuevo en la carrera en la que el pato ha quedado fuera de juego
El paraiso está mas allá a la carrera al derrape acelerado arrebato furioso arrebato iracundo trance
Un paraiso rabioso estorbado insignificante desterrado humano insignificante

No lleva mala marcha nuestro abuelo.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Cruzando por la quinta banda,
la meta está en la sexta.

El camino se estrecha el camino se estrecha como puente de palo sobre precipicio de fuego
Como columpio sobre fauces de fuego lenguas igneas ojos negros ojos negros
Como brazos que acunan por encima de ardientes hienas en la yerba ardiente de un paraiso invertido
Entre finos dientes niquelados que buscan la caricia volteada que malgasta la sangre
Entre ojos rojos ojos negros pozos negros

Por fin llegó a la sexta.
Toma aliento y mirando atrás observa
como en la calle corren sin piedad,
como aceleran como un látigo.

Ya en la acera,
despacito,
con buena letra,
llegará al centro de mayores,
a sus amigos,
preguntará que tal Alfonso,
se tomará un café descafeinado.

Después de algún lamento,
y algún consuelo
y una mañana más en la tierra,
volverá despacito,
con buena letra,
y otra vez cruzará
por el paso de cebra.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Místico carro de la compra

Bajó Eulalia a la compra un día más,
y un día más,
se encontró con Felisa que volvía.

—¡Eulalia, que subió el pescado!
—¡Felisa, adonde iremos a parar!

—La sobrepesca y la codicia
del que pesca.— Dijo Felisa.
—El alma ennegrecida se descubre.
Eulalia respondió.
—Ya no se pintan blancas las paredes,
ni se viste de blanco.
—Ya no calienta el sol sino que quema.
—Ya no existe refugio para unos huesos puros.
—El fuego es vaticinio de la nada.
—Eulalia, nadie escucha ya los ruegos.
—El vacío, Felisa, es ahora nuestro sino.
—Yo te ofrezco en mis manos,
Eulalia, algo de luz.
—Para ti tengo sal,
Felisa,
y una gota de mar

Se juntaron sus manos,
mientras paraba el autobús
y delicados ángeles bajaban,
envueltos en un halo amarillento,
a elevarlas un poco sobre el suelo.

Unidas por las manos levitaban,
una con la otra, una,
mientras el chino vendedor furtivo
fumaba indiferente.

—¡Eulalia, que el pescado está más caro!
—Creo que congelado tengo un poco,
lo compraré mejor mañana.

Y un rubor onduló la calle,
y Felisa siguió para su casa,
y Eulalia fue para el mercado.