Siempre En Medio

Tras una noche de mal sueño,
de humores y olores,
de legañas en los ojos, ojeras, halitosis
y la negativa del cuerpo a obedecer
si no hay una taza de café por medio.

Ante la perspectiva de un día gris,
de un angustioso viaje hasta el trabajo,
de muchas horas de suplicio alienante
y otra derrota más cristalizada en la sangre
a última hora de la tarde.

Ante esto
y tras lo otro
solo tu sonrisa me salva la vida.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Plaza Mayor

No hay dinero para demasiado,
apenas unos pocos céntimos para sangre,
para alguna pequeña burbuja luminosa,
no mucho más para ofrecerle
un brindis a la luna.

A la luna
que escurre un hilo espeso
de leche condensada
y dona mantas
de aroma a gasolina.

A la luna
que nos abre sus mares de madre beatífica
para ofrecernos sus colmados senos
y su regazo reluciente.

Así nos amamantaremos
y dormiremos párvulos
bajo el favor de las farolas,
huéspedes del papel prensado,
agrio soñar de olvido y bruma.

Así, bajo este techo despojado de estrellas,
será como tú y yo,
con unos pocos céntimos apenas,
brindaremos
en esta noche sin azul.

© Juan Jose Ayuso Martinez

Hijos de Madrid

Hijos del inmigrante de extrarradio
sabíamos del barrio
y el pueblo de los padres.
Pero allá, en el centro
misteriosa llamaba la ciudad.

Y acudíamos, a su savia aglutinadora,
acudíamos, religiosos, todos los sábados
a nuestra bodeguita de la Ardosa,
a nuestros minis de cerveza y submarino de absenta.
Glorificamos exultantes,
derrochadores de osadía,
nuestra orgullosa juventud.

Pero todo lo cambia el tiempo
y un día nuestra Ardosa ya no tenía sitio
para los que veníamos del barrio.

Poco importó.
Seguimos celebrando nuestra mocedad trasnochada,
cada vez más arrinconados, contra corriente,
camino de una madurez incierta.

Hijos de la ciudad,
los nietos de Madrid,
alegran calles, bares y terrazas,
viviendo igual precariedad
que la vivida por nosotros,
gozando alborozados, igual que en nuestros días.

Tampoco aquí encuentra sitio
un paria como yo.
Los camareros me echan raudo
y la gente me ignora y menosprecia.
Pronto será de noche y he de volver
a mis mantas, mi caja de cartón,
al ruido de los coches bajo el puente.

No pretendáis llegar
a conclusiones rápidas.
No todos hemos acabado así:
algunos de mis compañeros
gobiernan bancos,
y los dejan entrar en cualquier sitio.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Cruzar la selva

Son siete barras blancas
pintadas en el suelo
de un lado de la calle al otro lado.
Y nuestro abuelo aguarda
a que los coches paren
y le dejen cruzar a la otra acera.

Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.

Pasada la primera banda,
llegando a la segunda, un encuentro:
—Buenos días, Eusebio.
—¡Encarna!¡Hola! Buenos días.
Pero el claxon de un coche quiebra y arrasa.

Tumbado en la calle un demonio juega a la gasolina
Juega con sus caballos de potencia en la línea de salida
Desbarata el mundo rojo tras su sangre peón alma carta ficha
Conjura zanahorias cronométricas
Fragor mecánico torres de esperma negro

Y sigue nuestro abuelo a la carrera.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Llegando a la tercera banda,
la cuarta queda cerca.

Hay una simbiosis entre la carne y los salpicaderos como un subproducto lesivo de la carrera de los artrópodos y otras especies
Hay una metamorfosis en la adicción a ciertos dióxidos torres negras que emanan su eflúvico encanto
Absorción metódica y filtrado eficaz configuran un paradigma nuevo en la carrera en la que el pato ha quedado fuera de juego
El paraiso está mas allá a la carrera al derrape acelerado arrebato furioso arrebato iracundo trance
Un paraiso rabioso estorbado insignificante desterrado humano insignificante

No lleva mala marcha nuestro abuelo.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Cruzando por la quinta banda,
la meta está en la sexta.

El camino se estrecha el camino se estrecha como puente de palo sobre precipicio de fuego
Como columpio sobre fauces de fuego lenguas igneas ojos negros ojos negros
Como brazos que acunan por encima de ardientes hienas en la yerba ardiente de un paraiso invertido
Entre finos dientes niquelados que buscan la caricia volteada que malgasta la sangre
Entre ojos rojos ojos negros pozos negros

Por fin llegó a la sexta.
Toma aliento y mirando atrás observa
como en la calle corren sin piedad,
como aceleran como un látigo.

Ya en la acera,
despacito,
con buena letra,
llegará al centro de mayores,
a sus amigos,
preguntará que tal Alfonso,
se tomará un café descafeinado.

Después de algún lamento,
y algún consuelo
y una mañana más en la tierra,
volverá despacito,
con buena letra,
y otra vez cruzará
por el paso de cebra.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Místico carro de la compra

Bajó Eulalia a la compra un día más,
y un día más,
se encontró con Felisa que volvía.

—¡Eulalia, que subió el pescado!
—¡Felisa, adonde iremos a parar!

—La sobrepesca y la codicia
del que pesca.— Dijo Felisa.
—El alma ennegrecida se descubre.
Eulalia respondió.
—Ya no se pintan blancas las paredes,
ni se viste de blanco.
—Ya no calienta el sol sino que quema.
—Ya no existe refugio para unos huesos puros.
—El fuego es vaticinio de la nada.
—Eulalia, nadie escucha ya los ruegos.
—El vacío, Felisa, es ahora nuestro sino.
—Yo te ofrezco en mis manos,
Eulalia, algo de luz.
—Para ti tengo sal,
Felisa,
y una gota de mar

Se juntaron sus manos,
mientras paraba el autobús
y delicados ángeles bajaban,
envueltos en un halo amarillento,
a elevarlas un poco sobre el suelo.

Unidas por las manos levitaban,
una con la otra, una,
mientras el chino vendedor furtivo
fumaba indiferente.

—¡Eulalia, que el pescado está más caro!
—Creo que congelado tengo un poco,
lo compraré mejor mañana.

Y un rubor onduló la calle,
y Felisa siguió para su casa,
y Eulalia fue para el mercado.

 

Elogio del friki

Y aquí estoy yo,
haciendo maquetas,
y viendo una de spideman.

Y tú, sin saber por donde,
siendo ya mayor del todo, quizas demasiado.

Y yo que solo quería que vinieras a jugar conmigo,
por el arroyo que había al final de nuestra calle,
hoy ya devorado por una autopista.

Y yo que quería construir un platillo volante,
con trozos de contrachapado
y motores eléctricos arrancados a juguetes rotos.

Y quería que vinieras conmigo,
a hacer flechas con los juncos del arroyo,
hoy teóricamente protegido y realmente seco,
para luego disparártelas, claro.

Pero tu solo querías tus muñecas,
y después esos pintalabios,
cuando yo ya empezaba con mis paseos melancólicos
por lo que hoy es un páramo reseco.
Esos pintalabios con los que tanto gustabas
a los muchachotes malos del barrio.

Estoy convencido:
la culpa es de las muñecas.
Debería estar prohibido jugar a ser mayor
cuando todavía se es niño.

 

Después de la visita a la casa de una amiga.

A R.M.B.B

Estando en tu casa de visita
he recordado las paredes desnudas de la mía.
Después, de regreso,
contemplé este extraño zurcido de luces en el frío.

La soledad es aquello que existe
en el oscuro vacío que alumbran
las líneas de farolas
al fondo de la noche.

Esta humana adicción a ciertas emociones
me reveló
que un fuego habita entre las paredes de tu hogar,
en los objetos que adornan sus estancias
dejados allí por descuido
o puestos con clara intención.

La soledad cuajada
en las líneas de farolas de carreteras y calles,
costuras o cicatrices,
laberintos
que no sabemos resolver,
laberintos de uno mismo.
Es imposible que la helada soledad
haga crujir el vacío.

Fuego inunda el lugar que habitas,
encendido por ti,
alimentado de risas,
rojo de ternuras.
No son las habitaciones de desnudas paredes
no los laberintos de farolas
el lugar que habito
es el frío.