Elogio del friki

Y aquí estoy yo,
haciendo maquetas,
y viendo una de spideman.

Y tú, sin saber por donde,
siendo ya mayor del todo, quizas demasiado.

Y yo que solo quería que vinieras a jugar conmigo,
por el arroyo que había al final de nuestra calle,
hoy ya devorado por una autopista.

Y yo que quería construir un platillo volante,
con trozos de contrachapado
y motores eléctricos arrancados a juguetes rotos.

Y quería que vinieras conmigo,
a hacer flechas con los juncos del arroyo,
hoy teóricamente protegido y realmente seco,
para luego disparártelas, claro.

Pero tu solo querías tus muñecas,
y después esos pintalabios,
cuando yo ya empezaba con mis paseos melancólicos
por lo que hoy es un páramo reseco.
Esos pintalabios con los que tanto gustabas
a los muchachotes malos del barrio.

Estoy convencido:
la culpa es de las muñecas.
Debería estar prohibido jugar a ser mayor
cuando todavía se es niño.

 

Después de la visita a la casa de una amiga.

A R.M.B.B

Estando en tu casa de visita
he recordado las paredes desnudas de la mía.
Después, de regreso,
contemplé este extraño zurcido de luces en el frío.

La soledad es aquello que existe
en el oscuro vacío que alumbran
las líneas de farolas
al fondo de la noche.

Esta humana adicción a ciertas emociones
me reveló
que un fuego habita entre las paredes de tu hogar,
en los objetos que adornan sus estancias
dejados allí por descuido
o puestos con clara intención.

La soledad cuajada
en las líneas de farolas de carreteras y calles,
costuras o cicatrices,
laberintos
que no sabemos resolver,
laberintos de uno mismo.
Es imposible que la helada soledad
haga crujir el vacío.

Fuego inunda el lugar que habitas,
encendido por ti,
alimentado de risas,
rojo de ternuras.
No son las habitaciones de desnudas paredes
no los laberintos de farolas
el lugar que habito
es el frío.

Triste rutina

Hoy encendí farolas
a golpe de persiana,
a bofetada de despertador.
Triste después de malsoñar
con que me echaban del trabajo
y de mi se reían
quienes alguna vez dijeron
que éramos camaradas.

Otra vez hago el viaje,
otra vez mal humor, malos humores.
Silencio.
Solo habla algún pobre angustiado
para evitar así el colapso
de su garganta, muerte inevitable,
horrible la agonía.
Casi es de agradecer.

Hoy he encendido el sol
a golpe de peldaños
en la estación del metro.
Tristes inhalan mis pulmones
este licor de efluvios industriales,
tristes lloran mis ojos
este aire rojo y gris que nos envuelve.

Otra vez el rugir
de coches y el chirriar de las cadenas
lo llenan todo
y nos someten a esta vida
que a disgusto tenemos que vivir.
Fantasmas errabundos, tristes muertos
que no sabemos
donde está nuestra tumba.

Sin embargo persiste,
breve destello,
sonrisa que se pierde,
humilde flor que rompe las aceras.
Persiste, terca,
la vida…

© Juan José Ayuso Martínez

Solo la vida del mendigo es honorable

Me despierto
pensando en la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que convierta el polvo de la casa
en polvo dorado,
el chirrido de los coches
en cantar de pájaros.

Desayuno deprisa,
ando deprisa,
cojo el tren a la carrera,
empujo, me empujan.
En esta intimidad forzada,
en medio de este disgusto amargo
busco la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que me lleve,
a la cumbre de mis montañas,
tan amadas.

Y ya en la oficina
trabajador obediente,
sumiso esclavo,
borrego que pace su pasto
en este redil de dorados barrotes
busco desesperado las palabras mágicas,
esos versos,
que me abran la puerta,
que me hagan dar el paso,
que me lleven a caminar
a la orilla de la playa.

Solo la vida del mendigo es honorable.
Pero nunca conoceremos
la combinación exacta de palabras
que conforman el poema
que le transporta al paraíso.

© Juan Jose Ayuso Martínez