Locura final

El hueco del colchón
delata tu presencia,
la forma de tus muslos
que con dientes y lábios y suspiros
tantas veces mi boca recorrió.
Estás aquí, lo sé, en lo oscuro,
susurrándome lasciva
que alimente tus pechos de gozo y de deleite.

Quizás me esté volviendo loco
pero yo sé que estás ahí,
tras la cortina de la ducha,
desnuda,
en la cocina tras la puerta,
en el armario
jugando al escondite.

Puede que loco, si,
pero te siento, te oigo,
andando por la casa,
hablando en la escalera.
Salgo al balcón
y es tu perfume el aire
y son tu voz todos los pájaros
y son tú todas las mujeres

y no hay materia que no te recuerde
y no hay reloj que marque otros latidos
y no hay luz que no venga de tus ojos.

Loco, si, loco!
antes de ti y ahora,
sin ti,
sencillamente loco.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Soledad de una noche de verano

La soledad es una sábana blanca
en una noche de verano
un sexo erguido sin consuelo.

La soledad es tu ausencia
que me inunda de ti
eres tú
soñado mar que me anega.

Te imagino lejos
sexo húmedo
bajo tu sábana blanca.

Y yo
bajo mi sábana blanca
con mi sexo sin consuelo.

Y tus manos
buscando entre los labios
el punto donde nace el firmamento.

Y mis manos
buscando por mi cuerpo.

Te imagino entregada a mi,
llamándome
bajo tu sábana blanca
ofreciendome tus pechos,
tus labios,
ofreciendo tu sexo a mi sexo.

Y mis manos
bajo mi sábana blanca
quieren ser batir de tu cuerpo,
batir de tu sexo, de tus caderas,
batir de tus pechos sobre mi pecho,
batir de alas, volar de besos y de repente,
de repente
muero…

La soledad es una sábana sucia
en una noche de verano
un sexo sin consuelo.

© Juan José Ayuso Martínez

 

La chica del tren

Mis ojos subirán tus piernas,
intentarán leer sus tatuajes,
buscar en ellos
el conjuro moreno de tu piel.

Miraré de reojo
la oscura y estrecha franja que separa
un pecho de otro pecho.
Aunque difícil intentaré,
bajo la tenue ropa que los cubre,
discernir el tamaño exacto de sus cimas.

Ajena a mis pesquisas, te entretienes
colocando los rizos de tu pelo
cada uno en su lugar,
verificando rigurosa
que de las cintas de tu blusa
una está en donde debe
y la otra cae
indolente por el hombro.

Que fuego o agua o leche
ocultará tu cuello
que mis dientes reclaman
y solo quieren
saber de su tersura,
saber de su sabor.

Miraré al techo,
echaré un paso atras porque no quiero
transustanciarme lobo hambriento,
perder el mando de mis dientes.

Bella, hermosa, radiante en tus veinte años
estás como si fueses sola en el vagón,
reina o diosa,
y yo
mendigo de mejor soñar
soñaré
que tengo treinta años menos
y soy
el hombre que te espera.

© Juan Jose Ayuso Martínez.

 

Conjuros

Un verso escribiré que se ciña a tu cintura.
Y otro, un poco mas largo,
que se enrede en tus caderas y misterios.
Versos escribiré,
como el aire,
que suban por tu espalda,
por los hombros y la nuca
hasta aventar el pelo, acariciar los ojos.
Versos como un río
que suban por tu vientre
hasta alcanzar los pechos, los pezones
y caer
cascada invertida,
cuello arriba,
en un torrente de besos.

Escribiré todos estos versos
y más versos aún te escribiré.
Pero aún quedarán los mas difíciles:
versos que hagan
que se ponga el sol o salga la luna,
versos que resuelvan
entre tu piel o la muerte,
versos que consigan
arrancar fuego a tu dominio.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Hasta donde

Después de navegado tanto mar,
arribado mil puertos,
sufrido tormentas, naufragios,
dice el marinero
que solo queda un mar por descubrir.

Después de andados mil caminos,
después de vista tanta iglesia,
de hablado mil idiomas
dice el viajero
que no hay lugar inédito al que ir.

Y dice el astronauta,
después de haber subido a su cohete,
abandonado nuestra atmósfera
y alcanzado la luna y regresado,
dice
que no le bastan cielo ni mar para vivir.

¿Y yo?
¿Que diré yo
después de haber estado juntos,
de saciarme de sed con la carne de tu pecho,
de beber de tu vientre torrentes de gemidos?
¿Que diré yo después?

© Juan José Ayuso Martínez

 

Sin Permiso

Sin permiso subiré
los pliegues de tu falda,
subiré
por tu muslo a la cadera.

Sin permiso subiré
el costado de tu vientre,
Buscaré primavera
en la cumbre de tus pechos.

Romperé
los diques de tu sexo,
traeré el temblor
a las simas de tu pubis, el fuego que grita.
Buscaré
en tu cuerpo refugio,
derramar
en él
mi corazón.

Ay amor! Amor!

El pensamiento callado,
abandonado de mí, náufrago.

Tú el mar que me arriba,
tú el sol que me calienta,
tú la vida.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Quieto

Me estoy quieto, amor,
mientras tus dedos,
juguetones, bucean por mi pelo.
Mientras tú mano
tiernamente
mi cuello explora
anunciandome tus besos,
presagiando el envite de tu boca.

Me estoy quieto, amor,
mientras tus dientes buscan
nervio bajo el temblor,
fuego bajo la carne
y me estalla el pecho
en un raudal de lava por el vientre
hasta mi sexo
que se yergue,
que se estrella
contra el aire que le envuelve.

Me estoy quieto,
amor,
mientras tus manos
por mi ingle y sus contornos
destapan rosas y prepucios
haciendo tuyos mis secretos.

Para ti, mi amor,
me estoy quieto,
amor, muy quieto.