Solo la vida del mendigo es honorable

Me despierto
pensando en la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que convierta el polvo de la casa
en polvo dorado,
el chirrido de los coches
en cantar de pájaros.

Desayuno deprisa,
ando deprisa,
cojo el tren a la carrera,
empujo, me empujan.
En esta intimidad forzada,
en medio de este disgusto amargo
busco la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que me lleve,
a la cumbre de mis montañas,
tan amadas.

Y ya en la oficina
trabajador obediente,
sumiso esclavo,
borrego que pace su pasto
en este redil de dorados barrotes
busco desesperado las palabras mágicas,
esos versos,
que me abran la puerta,
que me hagan dar el paso,
que me lleven a caminar
a la orilla de la playa.

Solo la vida del mendigo es honorable.
Pero nunca conoceremos
la combinación exacta de palabras
que conforman el poema
que le transporta al paraíso.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Polígono industrial

(Llevo años pasando por Villaverde Alto, unas temporadas en coche, otras en tren, y hoy me ha venido un recuerdo, como un grito)
Te deseamos en toda tu extensión.
Desde el azul tan claro de tus pupilas,
pasando por tu mirada incitadora,
por tus labios rojo fuego y tu lengua,
presentida entre tus dientes como perlas,
en la mas ardiente de las promesas.Te deseamos desde el cuello tan hermoso
bajando por tu pecho, apenas contenido en tu sostén,
tus pezones entrevistos por la puntilla de sus copas.
Y tu vientre, tan blanco,
adornado por esa perla en el ombligo.
Y tus manos, insinuantes, por tus ingles,
levantando suavemente las braguitas.Y tus caderas cadenciosas,
y tus piernas tan esbeltas,
y tus pies de tacón de aguja.Te deseamos como alimento animal
y tu no tienes la culpa
de que estemos ciegos y no veamos
la podedumbre donde pisan tus tacones,
el chulo que no muy lejos te vigila,
el espeluznante espectáculo
que es el borde de esta calle,
al lado de este basurero,
junto a este barrio
de desesperación y miseria.

Te deseamos como depredadores hambrientos
y tu no tienes la culpa.
Hermosa flor,
cortada por el horrible segador
para dar de comer a los cerdos,
cerdos devoradores de tu carne,
aniquiladores de tu alma.

Te deseamos bestias culpables
y deberíamos lavar tus pies,
curar las heridas de tu mirada,
devolverte la juventud perdida,
erigirte reina omnipotente que reyes hay ya demasiados,
adorarte como diosa plenipotenciaria,
amarte como ser humano compañera de la lucha.

© Juan José Ayuso Martinez

 

Parecía divertido

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Dábamos caza a los mas grandes animales,
fieros depredadores o inmensas moles,
por verlos a nuestros pies rendidos.

Parecía divertido.

Doblegábamos la tierra y el tiempo,
puestos a nuestro servicio,
y tirábamos a la basura
todo lo que nos sobraba de comer.

Parecía divertido.

Las grandes ciudades, las grandes obras,
ensimismados en nuestros propios logros,
dominio sobre la naturaleza y las cosas.

Y el maná de las plastihamburguesas
corría para todos, como si no hubiese fin.
Y la fiesta continuaba a todas horas
como si todo fuese bien y no hubiera de acabar,
mientras algunos pocos se erigían
poderosos y ricos.

Parecía divertido.
Hasta que el mar empezó a escupirnos nuestro orín,
Hasta que el cielo decidió volverse ceniza y humo,
Hasta que la tierra renegó de sus hijos predilectos.
Y ya no fue tan divertido.

Hoy hace ya
mas de mil días que no llueve
y el polvo nos penetra
y nos reseca la boca
y nos quema las entrañas
y ya no es tan divertido.

A día de hoy
sobre todos pende la amenaza
de un tumor maligno
sin que nada pueda evitarlo
ni haya consuelo para el dolor de los pobres,
y ya no es divertido.

A día de hoy
el pan es una quimera
y ardemos
y somos pasto de batallas
y no es nada divertido.

Pero todavía queda un lugar,
un lugar virgen donde los ricos acaudalados
han hecho paraiso,
han hecho fortaleza,
privilegio que les otorga el poder y la riqueza.

Y yo, que ya estoy viejo y decrépito y pronto moriré,
ejerciendo la mas arraigada tradición humana
les digo a mis hijos que se hagan soldados,
fieles vasallos de esos hombres poderosos,
que lo que cuenta, al fin y al cabo, es sobrevivir.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Angelita guarrilla

Mi angelita guarrilla,
mi tierno ángel con sexo.
Que me Inspiras
con tus palabras,
con tus gestos…

¡Mi angelita guarrilla!
Que me provocas
con tu mirada,
con tu sonrisa
el sentir mas dulce,
el fuego mas intenso.

¡Ardiente ángel de mi sexo!
¡Desatado
me encaramo a tu cintura!
¡Enardecido
me agarro a tu pecho!
¡Enredado entre tus piernas
me llevan tus alas
en vuelo,
en vuelo,
al mas dulce de los cielos!

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Te daré todos los besos

Te daré todos los besos
como si fuesen mis últimos besos.
Porque puede que un día
al cruzar la esquina
encuentres un nuevo amor.
Y de repente
una impenetrable barrera de cristal
divida el mundo en dos mitades.
Y yo quede al lado de acá
gritando a jirones,
y tu quedes al lado de allá
sin oir mis gritos ensangrentados,
sin ni siquiera reparar en mi agonía,
sin que ni siquiera tengas un pensamiento a mi favor.
Y todo ello
por no haberte amado como es debido.

Te daré todos los besos
como si fuesen mis últimos besos.
Porque puede que un día
sin aviso ni despedida
desaparezcas de mi vida.
Y de repente
las vecinas y tenderos del barrio
ya no darán noticia de ti.
Los edificios y las casas
revelarán su naturaleza de áspera y dura materia.
Las calles, carreteras y caminos
solo serán lineas rectas
que no llevan a ninguna parte,
que me atraviesan como espadas ardientes,
que me encastran en los muros de este infierno de ciudad.
Y todo ello
por no haberte cuidado como es debido.

Te daré todos los besos
como si fuesen mis últimos besos.
Porque puede que un día
al llegar a casa, al abrir la puerta,
me encuentre con la muerte.
Ella estará allí
cómodamente sentada en mi mejor sillón,
bebiendose mi mejor vino,
con la picota y el hacha ya preparadas para mi.
Mirándome con sus ojos de negro abismo,
hablándome con su voz de resonante angustia,
agarrandome con su mano de ceniza y humo de carne
me dirá, riéndose burlona:
“¿Te has despedido como es debido?”

Te daré todos los besos
como si fuesen mis últimos besos,
Como si fuesen mis primeros besos,
besos de hambre eterna
Besos que empiezan y no acaban.
Besos como si no hubiese
ni ayer ni mañana,
besos como arpones
que buscan tu alma,
besos como fauces
tras la gacela que escapa,
besos como lava
que todo lo funde y abrasa,
besos como el estertor que ocurre
cuando mi alma de mi a ti se pasa.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Si Dios fuese un hombre…

Si dios fuese un hombre escuchando el mar apreciaría, sin dudarlo,
las complejas ecuaciones que rigen el rizo de las olas,
el entramado de fórmulas que gobiernan su ir y venir en función del viento, del sol y de otros parámetros del planeta.

Si dios fuese un hombre contemplando el mar percibiría, sin dudarlo,
todas las longitudes de onda de la luz que incide en su superficie o sobre la arena, mojada o seca, y describiría la trayectoria de cada fotón en una bella fórmula.

Si dios fuese un hombre a pie de mar escucharía, sin dudarlo, todos los gritos de todos los hombres que se ahogan,
y sentiría toda la angustia de sus corazones
y comprendería todas las razones,
ya estuviesen estos orilla de donde se encuentra
o en cualquier otro lugar de la tierra.

Pero yo no soy dios sino solo un hombre y, como mucho
puedo embelesarme con la belleza del rizo de la ola,
puedo embelesarme con los reflejo del sol en el agua y el juego de las sombras.
Como mucho,
puedo escuchar al hombre que se ahoga cerca de mi
y sentir su angustia
y echar mi mano para ayudarle.

Quizás
yo sea un poquito de ese dios a la orilla del mar…

Pero hay hombres que llegan a creerse dios
y juegan con la vida
poniéndole precio al pan,
vendiéndole balas al enemigo,
infundiendo engaños en los corazones,
decidiendo quien entra y quien se ahoga.

¡Si dios fuese un hombre a la orilla de mar…!

Pero yo no soy dios sino solo un hombre
y clamo venganza:
Para ellos
la tumba angosta
horadada en la roca,
el estrecho hueco
en el que retumben y retumben
los gritos de los ahogados,
para siempre.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Cielo azul

El cielo azul…
Alguien diría “Y el cielo era azul…”
Y las copas de los árboles eran verdes
E ibamos de la mano.

El cielo azul…
Las gentes sonreian a nuestro alrededor
y el cielo era azul
y nos cogíamos de la mano
y nos mirabamos a los ojos
y tu me decias
y yo te respondía
No recuerdo el qué
ni qué.
Total ¿Para qué
serviría recordarlo?

El cielo era azul
en aquel momento
en que te miraba a los ojos
y un sol embargaba mi corazón,
luz que todo lo encendía.

Quedará aquel momento
en mi memoria
quedará
en algún lugar húmedo y silencioso de mi mente
y con los años
será mas dulce
dará mas deleite.

Será ladrillo,
piedra maciza de sillar,
obelisco que apunta al cielo,
al cielo azul,
y alguien podría decir
“Y el cielo era azul…”
Azul…

Será el mortero que nos una,
mortero que amalgame
tu corazón y mi corazón,
como piedras de una muralla o torreón,
irreductibles contra los ejércitos del tiempo,
protegiendo nuestros besos,
cuando el tiempo haga decrépitos
nuestros cuerpos,
nuestros labios,
nuestros sexos…

© Juan José Ayuso Martínez