Mendigo bajo la farola

Hilera de farolas de una calle o carretera cualquiera.

Bajo un cono de luz
un mendigo espera sentado.
Espera a ese transeunte que le deje
algún dinero en la escudilla.
No se levanta, no se mueve
del cono de luz de su farola
sujeto como está
por una cadena invisible.

Bajo los conos de luz de las farolas
los mendigos esperan.
Algunos, recien llegados,
no terminan de entender la situación.
Otros ya han claudicado y aguardan.
Hay esqueletos que proyectan sombras chinescas.
Mas allá, unos perros
han empezado a devorar a un indigente recien fallecido.

Bajo esta luz que me maldice
no me atrevo a levantar la cabeza,
no quiero averiguar de donde viene,
no quiero incorporarme,
no quiero descubrir
que estoy encadenado.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Dos Pájaros (o sobre el dolor)

El lamento son pájaros
que acuden a mi puerta,
que chirrían sus graznidos
y cuando salgo huyen, por el pasillo,
hasta la habitación oscura donde habitan.

El dolor es un pájaro
que aletea violento, chilla,
encadenado a un ser de carne y mueca
en una habitación a la que no me atrevo a penetrar.

Y un dirigible negro de alas negras,
todo él hecho jirones,
aletea pasmoso por los pasillos,
recogiendo para su cesta
algún pasajero de cuando en cuando.

Si el hombre pudiera desvestirse del dolor,
de la frágil carne que se consume y sufre,
surgiría un ser blanco,
un androide perfecto y luminoso
que mira al cielo
desde el fondo de un patio de hospital.

Pero aún quedará dolor en la memoria
y en un acto de luz se desprenderá de su alma
dejando atrás, dolor, memoria,
mientras el nuevo cuerpo inmaculado ilumina
un desierto de ensangrentadas piedras.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Mar de Acogida

Aquí vienes, mar, viejo amigo.

¡Abrid puertas, ventanas!
¡Dejad que pase!
Dejad que inunde dulcemente.

Vienes tranquilo, la marea suave,
caudillo de algas y de peces,
abriendo paso
para que habiten en mi casa.

Creces con aire tierno, con luz calma.
Llegas a las rodillas,
a la cintura;
germina, sol y espuma,
flor de sal en mi pecho.

Vacío de nostalgias
me abandono
a los reflejos de tus ondas,
me arrullo
entre tus manos de agua.

Acogido en tu seno, refugiado del aire
me visto de sargazos
y entre mis huesos doy cobijo
a hipocampos, estrellas y corales.

Por las arenas de tu lecho,
pensamiento de pulpos y medusas,
camino hasta llegar
al borde de tus simas.

Aquí me esperaré,
platicante de peces,
vecino de ballenas y de escualos,
hasta que mis ojos comprendan
el lenguaje que habita en el abismo.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Vacaciones

Las ambulancias hacen huelga
por falta de avisos y accidentes.
Sus conductores hablan por teléfono
mientras doctoras y enfermeros
se dicen
lo que antes nunca se dijeron.

Las funerarias echan cierre
por falta de óbitos y entierros.
Los empleados marchan con las novias
mientras los tanatorios se ventilan
del olor de la cera y los fantasmas.

El asesino en serie, preocupado,
pide cita en el sicólogo,
para que eche un vistazo
a esta empatía rara
que siente ahora por sus víctimas.

Se ha terminado el pentotal
en los dispensarios carcelarios,
hoy descansan sirenas y brigadas
en las ciudades del oriente.
Los palestinos han parado
de su labor de víctima y martirio
y los soldados israelíes
de su oficio de verdugos.

Razón de todo ello
es que la muerte por un día
quiere cambiar sus huesos
por un hermoso cuerpo juvenil,
las hondas cuencas de su calavera
por unos ojos de inocencia
y los jirones con que viste
por un vestido blanco bien ceñido.

Y es que no quiere que se asusten,
mientras pasea por campos y jardines,
los pájaros que trinan y que vuelan,
las flores en las matas o al borde del camino.
Y poder disfrutar, por este día,
de la dulzura de los cantos,
de la delicadeza de los pétalos,
del tibio sol de primavera.

Habla Fuerte

Súbete a una escalera,
hasta arriba,
estira la mano e intenta coger una estrella.
No importa si no puedes.

Extiende tus manos,
con las palmas al cielo,
implorantes, abiertas.
No importa si quedan vacías.

Coge tu corazón,
divídelo en cuatro partes
y ponlo a levitar encima de la mesa.
No importa si pierdes mucha sangre.

¡Habla fuerte!
¡Que se te oiga!

Que te oiga el tendero,
que te oiga el policía,
que el asesino de la esquina te oiga también.

Que te oiga tu mujer o tu hombre,
que te oiga tu hijo,
que el vecino que no saluda responda por fin.

¡Que se te oiga!

Que se rompan piedras.
Que se hagan eco de tu voz los muros.
Que se hagan eco de tu voz los cielos.
Que salga el sol, que florezca la luna.

Que nazca un río,
que corra el río,
que se desborde,
que inunde el mar, provoque tempestades.

¡Que se te oiga!
¡Habla fuerte!
¡Habla fuerte de una vez!

© Juan José Ayuso Martínez

Hijos de Madrid

Hijos del inmigrante de extrarradio
sabíamos del barrio
y el pueblo de los padres.
Pero allá, en el centro
misteriosa llamaba la ciudad.

Y acudíamos, a su savia aglutinadora,
acudíamos, religiosos, todos los sábados
a nuestra bodeguita de la Ardosa,
a nuestros minis de cerveza y submarino de absenta.
Glorificamos exultantes,
derrochadores de osadía,
nuestra orgullosa juventud.

Pero todo lo cambia el tiempo
y un día nuestra Ardosa ya no tenía sitio
para los que veníamos del barrio.

Poco importó.
Seguimos celebrando nuestra mocedad trasnochada,
cada vez más arrinconados, contra corriente,
camino de una madurez incierta.

Hijos de la ciudad,
los nietos de Madrid,
alegran calles, bares y terrazas,
viviendo igual precariedad
que la vivida por nosotros,
gozando alborozados, igual que en nuestros días.

Tampoco aquí encuentra sitio
un paria como yo.
Los camareros me echan raudo
y la gente me ignora y menosprecia.
Pronto será de noche y he de volver
a mis mantas, mi caja de cartón,
al ruido de los coches bajo el puente.

No pretendáis llegar
a conclusiones rápidas.
No todos hemos acabado así:
algunos de mis compañeros
gobiernan bancos,
y los dejan entrar en cualquier sitio.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Cruzar la selva

Son siete barras blancas
pintadas en el suelo
de un lado de la calle al otro lado.
Y nuestro abuelo aguarda
a que los coches paren
y le dejen cruzar a la otra acera.

Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.

Pasada la primera banda,
llegando a la segunda, un encuentro:
—Buenos días, Eusebio.
—¡Encarna!¡Hola! Buenos días.
Pero el claxon de un coche quiebra y arrasa.

Tumbado en la calle un demonio juega a la gasolina
Juega con sus caballos de potencia en la línea de salida
Desbarata el mundo rojo tras su sangre peón alma carta ficha
Conjura zanahorias cronométricas
Fragor mecánico torres de esperma negro

Y sigue nuestro abuelo a la carrera.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Llegando a la tercera banda,
la cuarta queda cerca.

Hay una simbiosis entre la carne y los salpicaderos como un subproducto lesivo de la carrera de los artrópodos y otras especies
Hay una metamorfosis en la adicción a ciertos dióxidos torres negras que emanan su eflúvico encanto
Absorción metódica y filtrado eficaz configuran un paradigma nuevo en la carrera en la que el pato ha quedado fuera de juego
El paraiso está mas allá a la carrera al derrape acelerado arrebato furioso arrebato iracundo trance
Un paraiso rabioso estorbado insignificante desterrado humano insignificante

No lleva mala marcha nuestro abuelo.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Cruzando por la quinta banda,
la meta está en la sexta.

El camino se estrecha el camino se estrecha como puente de palo sobre precipicio de fuego
Como columpio sobre fauces de fuego lenguas igneas ojos negros ojos negros
Como brazos que acunan por encima de ardientes hienas en la yerba ardiente de un paraiso invertido
Entre finos dientes niquelados que buscan la caricia volteada que malgasta la sangre
Entre ojos rojos ojos negros pozos negros

Por fin llegó a la sexta.
Toma aliento y mirando atrás observa
como en la calle corren sin piedad,
como aceleran como un látigo.

Ya en la acera,
despacito,
con buena letra,
llegará al centro de mayores,
a sus amigos,
preguntará que tal Alfonso,
se tomará un café descafeinado.

Después de algún lamento,
y algún consuelo
y una mañana más en la tierra,
volverá despacito,
con buena letra,
y otra vez cruzará
por el paso de cebra.

© Juan Jose Ayuso Martínez