Historia de un hombre y un burro

Dedicado a El refugio del burrito

Pasaban burras blancas con la leche
por los caminos de la madrugada.
Pasaban burros grises de labores
por los caminos a los campos.
Pasaba el pobre burro oscuro
arrastrando
el ataud del pobre al cementerio.

¿Donde está el burro, hermano? ¿Donde está?
Tu burro gris, cabalgadura inmensa
por mares e islas,
por espacios siderales.
Tú burro inmenso!
Daba un paso y cruzaba un continente,
daba un trote y cambiaba de planeta.

¿Donde está el burro, hermano?
El burro pardo
que llevó piedra a piedra los muros de tu casa,
llevó la cal, llevó la arena,
sacaba agua del pozo,
labraba tiernos surcos
donde crecía el trigo
con el que hacías pan.

¿Que le hiciste? ¡Hermano! ¿Que le hiciste?
¿No te servía el viejo burro
y lo vendiste al matadero?
¿Te llegaron a dar trece monedas?
¿Que te dijo la tierra de regreso?
¿Que se callaba el aire,
que silencio de pájaros gritaba,
que vacío sumía al sol en negro?

¿Que has hecho con tu vida, hermano?
Ahora
con agrio engaño sacas agua.
Ahora
comes el pan de imitación.
Ahora
son otros quienes mandan en tu casa

¿Que pasará contigo, hermano?
Como tu burro pronto estorbarás.
No habrá tierra llamándote,
no habrá plegaria por el aire.
Tu muerte será seca o sucia o dura
y no habrá pájaro cantando.
Estadisticamente morirás
sin que se mueva un dedo
para contarte entre los muertos.

Pero no tengas miedo.
Él te espera, paciente, humilde.
De sobra sabe de tu error y dulce
aguarda para caminar contigo.
No hará falta que digas nada:
escucha solamente
en lo hondo de sus ojos negros
brillar a las estrellas.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Lunes

Al principio era el silencio y la oscuridad
en un vacío dulce del no ser,
en un estado suave de inconsciencia,
en un nirvana del espíritu.
Pero dijo Dios “que suene”
y sonó el despertador.
Y con el retumbo de su timbre vino el deslumbre de su luz
y dijo Dios “que empiece el lunes”
y el lunes empezó.

Ojos hinchados,
ojos suplicantes,
ojos desbordantes de esa angustia que mana
en lo más recóndito del alma y grita:
“¡¡No quiero, no quiero!!”
Y su risa, desde algún lugar inexpecífico
paternál, responde: “¿Como que no quieres?”.

Escucho su risa, se que está de broma,
que todo esto es obra suya:
la rebelión de los objetos,
la desobediencia de mi cuerpo,
la distorsión cuantica de la realidad
-¡¡Dios ¿Que hago yo aquí?!!-.
El agua sale fría,
no encuentro camisa planchada
-¡¡Dios, por favor, un café, un café!!-.
Y en su divina benevolencia me concede
una escueta taza
del que sobró ayer.

Corro, corro, corro
como ratoncillo de laboratorio
buscando la salida
de este laberinto que me lleva
desde la paz más tierna
a la realidad más dura.
Y solo me consuela saber
que a este lunes, como a todos los lunes,
¡Yo
lo veré
agonizar!

 

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Bárcolo

Bárcolo errante infinitas sendas
te llevan a esta orilla
sendas medidas
sendas soñadas
infinitas sendas en monótono ondulante
en monótono relumbroso
en informe monótono
esperemos
que el monótono no se enfade

Bárcolo errante en infinitas sendas
desde arriba relucientes
desde arriba te persigue
reluciendo
por los lados te rodea
plateando
cuando cae te alcanza
azogando
en el monótono inmenso brillo
en el monótono fulgor
y mira tú por dónde
al final escapas

Bárcolo mío de mis sueños navegantes
de mis sueños nuevos
de mis sueños blancos
diluye en mis ojos
esta infinita mudanza
esto poco que soy
limpia en mi corazón de dolores o de amores
limpia la mirada de mar
henchida el alma al viento
el corazón de fuego transparente
emocionado navegar
vuelo

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Lamento del esclavo

A Ángel del Río.

Un día corté mis alas
que al yugo dejaran hueco.
Me dijeron que lo hiciera,
lo hice, como me dijeron.

Me colocaron alforjas,
fuese un hombre de provecho.
Me las llenaron de piedras,
no les puse impedimento.

Y ahora ando de rodillas,
a cuatro patas me han puesto.
Desollados pies y piernas,
los brazos de sangre llenos.

A palos me hacen andar
con algún cachete tierno
y la zanahoria puesta
a lo lejos, a lo lejos.

Que me dejé convencer
que perseguir un tubérculo
es mejor que abrir las alas
y libre surcar el cielo.

A tí, que aún eres ángel,
que no te tomen el pelo,
no vendas tu libertad
por un falso juramento.

Que las tuyas crezcan fuertes,
crezcan duras como el hierro,
crezcan suaves como pluma,
vuelen libres como el viento.

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Elogio del friki

Y aquí estoy yo,
haciendo maquetas,
y viendo una de spideman.

Y tú, sin saber por donde,
siendo ya mayor del todo, quizas demasiado.

Y yo que solo quería que vinieras a jugar conmigo,
por el arroyo que había al final de nuestra calle,
hoy ya devorado por una autopista.

Y yo que quería construir un platillo volante,
con trozos de contrachapado
y motores eléctricos arrancados a juguetes rotos.

Y quería que vinieras conmigo,
a hacer flechas con los juncos del arroyo,
hoy teóricamente protegido y realmente seco,
para luego disparártelas, claro.

Pero tu solo querías tus muñecas,
y después esos pintalabios,
cuando yo ya empezaba con mis paseos melancólicos
por lo que hoy es un páramo reseco.
Esos pintalabios con los que tanto gustabas
a los muchachotes malos del barrio.

Estoy convencido:
la culpa es de las muñecas.
Debería estar prohibido jugar a ser mayor
cuando todavía se es niño.

 

Desnudo y Muerte

¿Por qué será que siempre estoy desnudo
en el sueño, contigo?
Cuando la misa,
arrimado a tu espalda
crece mi sexo
mientras el cura perorata
para que le entreguemos el alma a su demonio.
Y la de familiares
y amigos y mascotas, de tener.

¿Por qué será que siempre estoy desnudo
en el mundo, contigo?
Cuando en el centro comercial
lamo tus pechos insaciable,
mientras rebaño de tu cuerpo
pasan familias derrotadas,
encadenadas a sus carros, sufren
la farsa de un vacío bienestar.

¿Por qué siempre, desnudo,
contigo?
Cuando en el campo de batalla
soldados tristes marchan,
-amarga su sentencia, irremediable-
marchan mientras yo bebo, enajenado,
del licor de tu sexo
como borracho que huye del delirio.

Llega la muerte.
Llega la muerte negro abismo
mientras tu juegas indolente,
señora de mi sexo,
ajena a su ceniza.
Llega la muerte y se detiene,
se detiene irritada
mientras tú, vacilante, juguetona,
decides donde acogerás mi pene.

Llega la muerte
pero no has de temer:
un Dios salvaje
tomará posesión de nuestros cuerpos
y hará que emitan luz.

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Viaje y Huida

El primer hombre que viajó
lo hizo
por saber del lugar al que iba el sol,
al esconderse por la tarde,
y no entender,
por qué luego salía por un sitio distinto.

Ese primer viajero
decidió
dejar atrás su cueva, quizas su hembra y prole,
y los fantasmas que le acompañaban por la noche.
No quiso
llevarse un paisaje de equipaje.

Y ese primer viajero
partió
rumbo a donde se pone el sol
(o a donde sale, es lo mismo)
y andando, andando
encontró
el mar, y un horizonte al fondo,
y el sol yendose indiferente,
o burlón,
detrás de él,
para salir luego por un sitio distinto.

El primer hombre
que llegó,
persiguiendo al sol, al mismo sitio del que había partido,
no entendió
que había dado la vuelta ¡pobre!
no comprendió
que es lo que había pasado.

Y volvió otra vez a emprender la marcha,
con un poquito de rabia,
con un poquito mas de ahinco.

No es viajar
marchar
con los fantasmas a cuestas de cuatro en cuatro,
y los chiquillos de las manos.

No es viajar
llevarse
el triangulo formado por un cedro, el muro de tu casa y el naranjo,
y buscar donde encajen como pieza en rompecabezas.

No es viajar
arrastrar
el paisaje del anochecer desde tu ventana
y el canto del almuédano por la mañana.

No es viajar
andar así
para luego encontrar
estos seres extraños que te miran mal,
que te apalean y a veces matan.

Todos los fantasmas
tienen derecho
a un sotano oscuro y un cementerio.

Un amanecer
tiene derecho
a que alguien le pregunte,
para luego hacerse el interesante.

No es viajar,
es huir.
El infierno se extiende sobre la tierra,
ya hay zonas muertas donde ni las bacterias sobreviven.

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