Cruzar la selva

Son siete barras blancas
pintadas en el suelo
de un lado de la calle al otro lado.
Y nuestro abuelo aguarda
a que los coches paren
y le dejen cruzar a la otra acera.

Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.

Pasada la primera banda,
llegando a la segunda, un encuentro:
—Buenos días, Eusebio.
—¡Encarna!¡Hola! Buenos días.
Pero el claxon de un coche quiebra y arrasa.

Tumbado en la calle un demonio juega a la gasolina
Juega con sus caballos de potencia en la línea de salida
Desbarata el mundo rojo tras su sangre peón alma carta ficha
Conjura zanahorias cronométricas
Fragor mecánico torres de esperma negro

Y sigue nuestro abuelo a la carrera.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Llegando a la tercera banda,
la cuarta queda cerca.

Hay una simbiosis entre la carne y los salpicaderos como un subproducto lesivo de la carrera de los artrópodos y otras especies
Hay una metamorfosis en la adicción a ciertos dióxidos torres negras que emanan su eflúvico encanto
Absorción metódica y filtrado eficaz configuran un paradigma nuevo en la carrera en la que el pato ha quedado fuera de juego
El paraiso está mas allá a la carrera al derrape acelerado arrebato furioso arrebato iracundo trance
Un paraiso rabioso estorbado insignificante desterrado humano insignificante

No lleva mala marcha nuestro abuelo.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Cruzando por la quinta banda,
la meta está en la sexta.

El camino se estrecha el camino se estrecha como puente de palo sobre precipicio de fuego
Como columpio sobre fauces de fuego lenguas igneas ojos negros ojos negros
Como brazos que acunan por encima de ardientes hienas en la yerba ardiente de un paraiso invertido
Entre finos dientes niquelados que buscan la caricia volteada que malgasta la sangre
Entre ojos rojos ojos negros pozos negros

Por fin llegó a la sexta.
Toma aliento y mirando atrás observa
como en la calle corren sin piedad,
como aceleran como un látigo.

Ya en la acera,
despacito,
con buena letra,
llegará al centro de mayores,
a sus amigos,
preguntará que tal Alfonso,
se tomará un café descafeinado.

Y después de algunos lamentos, algún consuelo
y una mañana más en la tierra,
volverá despacito,
con buena letra,
y otra vez cruzará
por el paso de cebra.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Huelga

Las flores van a convocar una huelga.
No habrá néctar que liben las abejas,
no habrá colores para los pintores,
no habrá regalos para enamorados.

Harán huelga de pétalos caídos.
Pero ante la amenaza
solo algún tibio comentario
se oye en el ministerio,
y con desgana las convocan
para una toma de contacto.
La rosa vino portavoz
con una buena lista de demandas,
pero la secuestró para su amante
un secretario a dieta de cariños.

la hierba, por solidaridad, hace huelga
-¡Ojo! la que se fuma también hace-
junto a los árboles y matorrales.
Quedan desnudos, fríos, tierra y campo,
y al ocre desabrigo, rabia suman.

No hubo acuerdo. El nuevo delegado,
el crisantemo, desapareció
tras un descanso en las conversaciones.
No pudo ser el secretario, ya sin amante,
y por muchas pesquisas que se hicieron
no se encontró ni rastro ni fragancia,
ni tampoco mensaje aclaratorio.

Es de temer que se hayan extinguido
flores, árboles, hierba y matorrales.
Pero el asunto en vez de remitir
horrible y grave se presenta.
Hartos de ver sus tumbas desfloradas
salen los muertos de su entierro
dispuestos a luchar hasta el final
para que vuelva el mundo a florecer.

© Juan José Ayuso Martínez

 

La última noche de reyes

Quizás creías que no lo sabía,
pero yo ya lo sabía y aun así
quise hacer como que no.

Algún niño me dijo, “los reyes no existen, son los padres”,
y se disipó la inocencia, como brillo o humo.
Recuerdo entristecer como en una tarde de domingo.

Yo ya lo sabía
pero tu pensabas que no
y yo quería
mi noche de reyes,
otra mágica mañana.

Quizás lo sospechabas
porque empezaste a colocar juguetes y regalos
antes de dormirnos.
O quizás, simplemente, yo me dormir demasiado tarde.

Aquellas mañanas de sorpresas y novedades:
los juguetes dados en la empresa para hijos de empleados,
algún otro comprado con mucho esfuerzo
y los que te daba tu antigua señora, que fue tan amiga,
de sus hijas ya mayores.
Libros antiguos y juguetes de hojalata
que hoy son los que mejor recuerdo.

No sé si tu lo sabías,
pero yo ya lo sabía y aun así
no quería que acabasen,
quería aferrarme, seguir viviendo
aquellas mañanas de ilusión.

Historia de un hombre y un burro

Dedicado a El refugio del burrito

Pasaban burras blancas con la leche
por los caminos de la madrugada.
Pasaban burros grises de labores
por los caminos a los campos.
Pasaba el pobre burro oscuro
arrastrando
el ataud del pobre al cementerio.

¿Donde está el burro, hermano? ¿Donde está?
Tu burro gris, cabalgadura inmensa
por mares e islas,
por espacios siderales.
Tú burro inmenso!
Daba un paso y cruzaba un continente,
daba un trote y cambiaba de planeta.

¿Donde está el burro, hermano?
El burro pardo
que llevó piedra a piedra los muros de tu casa,
llevó la cal, llevó la arena,
sacaba agua del pozo,
labraba tiernos surcos
donde crecía el trigo
con el que hacías pan.

¿Que le hiciste? ¡Hermano! ¿Que le hiciste?
¿No te servía el viejo burro
y lo vendiste al matadero?
¿Te llegaron a dar trece monedas?
¿Que te dijo la tierra de regreso?
¿Que se callaba el aire,
que silencio de pájaros gritaba,
que vacío sumía al sol en negro?

¿Que has hecho con tu vida, hermano?
Ahora
con agrio engaño sacas agua.
Ahora
comes el pan de imitación.
Ahora
son otros quienes mandan en tu casa

¿Que pasará contigo, hermano?
Como tu burro pronto estorbarás.
No habrá tierra llamándote,
no habrá plegaria por el aire.
Tu muerte será seca o sucia o dura
y no habrá pájaro cantando.
Estadisticamente morirás
sin que se mueva un dedo
para contarte entre los muertos.

Pero no tengas miedo.
Él te espera, paciente, humilde.
De sobra sabe de tu error y dulce
aguarda para caminar contigo.
No hará falta que digas nada:
escucha solamente
en lo hondo de sus ojos negros
brillar a las estrellas.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Lunes

Al principio era el silencio y la oscuridad
en un vacío dulce del no ser,
en un estado suave de inconsciencia,
en un nirvana del espíritu.
Pero dijo Dios “que suene”
y sonó el despertador.
Y con el retumbo de su timbre vino el deslumbre de su luz
y dijo Dios “que empiece el lunes”
y el lunes empezó.

Ojos hinchados,
ojos suplicantes,
ojos desbordantes de esa angustia que mana
en lo más recóndito del alma y grita:
“¡¡No quiero, no quiero!!”
Y su risa, desde algún lugar inexpecífico
paternál, responde: “¿Como que no quieres?”.

Escucho su risa, se que está de broma,
que todo esto es obra suya:
la rebelión de los objetos,
la desobediencia de mi cuerpo,
la distorsión cuantica de la realidad
-¡¡Dios ¿Que hago yo aquí?!!-.
El agua sale fría,
no encuentro camisa planchada
-¡¡Dios, por favor, un café, un café!!-.
Y en su divina benevolencia me concede
una escueta taza
del que sobró ayer.

Corro, corro, corro
como ratoncillo de laboratorio
buscando la salida
de este laberinto que me lleva
desde la paz más tierna
a la realidad más dura.
Y solo me consuela saber
que a este lunes, como a todos los lunes,
¡Yo
lo veré
agonizar!

 

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Bárcolo

Bárcolo errante infinitas sendas
te llevan a esta orilla
sendas medidas
sendas soñadas
infinitas sendas en monótono ondulante
en monótono relumbroso
en informe monótono
esperemos
que el monótono no se enfade

Bárcolo errante en infinitas sendas
desde arriba relucientes
desde arriba te persigue
reluciendo
por los lados te rodea
plateando
cuando cae te alcanza
azogando
en el monótono inmenso brillo
en el monótono fulgor
y mira tú por dónde
al final escapas

Bárcolo mío de mis sueños navegantes
de mis sueños nuevos
de mis sueños blancos
diluye en mis ojos
esta infinita mudanza
esto poco que soy
limpia en mi corazón de dolores o de amores
limpia la mirada de mar
henchida el alma al viento
el corazón de fuego transparente
emocionado navegar
vuelo

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Lamento del esclavo

A Ángel del Río.

Un día corté mis alas
que al yugo dejaran hueco.
Me dijeron que lo hiciera,
lo hice, como me dijeron.

Me colocaron alforjas,
fuese un hombre de provecho.
Me las llenaron de piedras,
no les puse impedimento.

Y ahora ando de rodillas,
a cuatro patas me han puesto.
Desollados pies y piernas,
los brazos de sangre llenos.

A palos me hacen andar
con algún cachete tierno
y la zanahoria puesta
a lo lejos, a lo lejos.

Que me dejé convencer
que perseguir un tubérculo
es mejor que abrir las alas
y libre surcar el cielo.

A tí, que aún eres ángel,
que no te tomen el pelo,
no vendas tu libertad
por un falso juramento.

Que las tuyas crezcan fuertes,
crezcan duras como el hierro,
crezcan suaves como pluma,
vuelen libres como el viento.

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