Retrospectiva

Nos encontramos
justo cuando tu volvías
y yo huía para siempre.

Me preguntastes yo que tal
y yo te respondí mi vida.
Te pregunté como te iba
y me contaste tú la tuya.

Te conté de mis hijos y su futuro,
tu a mí de tus hijas y sus maridos.
Te conté de mi salud y sus problemas,
tu a mí de tus desdichas y frustraciones.
Te pregunté como te iba la muerte:

igual que a mi, cada vez más cerca.

Y al final nos despedimos,
con una sonrisa
y una casi lágrima
y los recuerdos desbordados.

No se si buscarías en mi algo.
Yo te juro que busque,
como el sediento busca agua,
la luz que había en tus ojos
en aquellas noches de juventud y vida,
en aquellas noches de verano.

Cómo te habrá tratado la vida
que no encontré nada.

© Juan José Ayuso Martínez

Esperanza

A la memoria histórica

Hoy toca carta y sin carta llevo ya tres meses,
sin sol para leerla,
sin papel para la tinta,
sin tinta para las palabras.
Hoy toca escribir y sin escribir llevo ya tres días
y sin responder tú llevas ya tres vidas
Hoy toca volver y sin volver pasare tres siglos, quizás cuatro, quizás cinco.

Allá afuera, los páramos y los bosques,
las carrascas y encinas, los pájaros que vuelan, cantan.
Allá afuera, los trigos y caminos,
las máquinas que trabajan como mil hombres,
los hombres que piensan como máquinas.

El gusano que me comió el ojo
se ha hecho amigo mío,
dice que se le ha enquistado la tristeza
que tenía mi ojo de no verte.

El gusano que entro por el disparo en mi cabeza
se ha acurrucado en un hueco de mi cráneo,
dice que se ha contagiado de la angustia
que tenía la cueva de mi pensamiento.

¿Qué habrá sido de mis hijos?

No grito porque no puedo
con la boca llena de tierra,
con la boca vacía de lengua.
No grito porque no puedo,
que no coge aire el hueco
donde vivían antes mis pulmones.

La lluvia de ochenta años
ha lavado mi esqueleto de rencores,
lo ha dejado impoluto de odios.
La lluvia de ochenta años
solo me ha dejado la esperanza
de estar bajo el rosal que da sombra
a la tumba de la que a mí también me aguarda.

¿Cuándo será, cuando,
el reconciliar de los hermanos?

© Juan José Ayuso Martínez

 

 

Mendigo bajo la farola

Hilera de farolas de una calle o carretera cualquiera.

Bajo un cono de luz
un mendigo espera sentado.
Espera a ese transeunte que le deje
algún dinero en la escudilla.
No se levanta, no se mueve
del cono de luz de su farola
sujeto como está
por una cadena invisible.

Bajo los conos de luz de las farolas
los mendigos esperan.
Algunos, recien llegados,
no terminan de entender la situación.
Otros ya han claudicado y aguardan.
Hay esqueletos que proyectan sombras chinescas.
Mas allá, unos perros
han empezado a devorar a un indigente recien fallecido.

Bajo esta luz que me maldice
no me atrevo a levantar la cabeza,
no quiero averiguar de donde viene,
no quiero incorporarme,
no quiero descubrir
que estoy encadenado.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Dos Pájaros (o sobre el dolor)

El lamento son pájaros
que acuden a mi puerta,
que chirrían sus graznidos
y cuando salgo huyen, por el pasillo,
hasta la habitación oscura donde habitan.

El dolor es un pájaro
que aletea violento, chilla,
encadenado a un ser de carne y mueca
en una habitación a la que no me atrevo a penetrar.

Y un dirigible negro de alas negras,
todo él hecho jirones,
aletea pasmoso por los pasillos,
recogiendo para su cesta
algún pasajero de cuando en cuando.

Si el hombre pudiera desvestirse del dolor,
de la frágil carne que se consume y sufre,
surgiría un ser blanco,
un androide perfecto y luminoso
que mira al cielo
desde el fondo de un patio de hospital.

Pero aún quedará dolor en la memoria
y en un acto de luz se desprenderá de su alma
dejando atrás, dolor, memoria,
mientras el nuevo cuerpo inmaculado ilumina
un desierto de ensangrentadas piedras.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Vacaciones

Las ambulancias hacen huelga
por falta de avisos y accidentes.
Sus conductores hablan por teléfono
mientras doctoras y enfermeros
se dicen
lo que antes nunca se dijeron.

Las funerarias echan cierre
por falta de óbitos y entierros.
Los empleados marchan con las novias
mientras los tanatorios se ventilan
del olor de la cera y los fantasmas.

El asesino en serie, preocupado,
pide cita en el sicólogo,
para que eche un vistazo
a esta empatía rara
que siente ahora por sus víctimas.

Se ha terminado el pentotal
en los dispensarios carcelarios,
hoy descansan sirenas y brigadas
en las ciudades del oriente.
Los palestinos han parado
de su labor de víctima y martirio
y los soldados israelíes
de su oficio de verdugos.

Razón de todo ello
es que la muerte por un día
quiere cambiar sus huesos
por un hermoso cuerpo juvenil,
las hondas cuencas de su calavera
por unos ojos de inocencia
y los jirones con que viste
por un vestido blanco bien ceñido.

Y es que no quiere que se asusten,
mientras pasea por campos y jardines,
los pájaros que trinan y que vuelan,
las flores en las matas o al borde del camino.
Y poder disfrutar, por este día,
de la dulzura de los cantos,
de la delicadeza de los pétalos,
del tibio sol de primavera.

Huelga

Las flores van a convocar una huelga.
No habrá néctar que liben las abejas,
no habrá colores para los pintores,
no habrá regalos para enamorados.

Harán huelga de pétalos caídos.
Pero ante la amenaza
solo algún tibio comentario
se oye en el ministerio,
y con desgana las convocan
para una toma de contacto.
La rosa vino portavoz
con una buena lista de demandas,
pero la secuestró para su amante
un secretario a dieta de cariños.

la hierba, por solidaridad, hace huelga
-¡Ojo! la que se fuma también hace-
junto a los árboles y matorrales.
Quedan desnudos, fríos, tierra y campo,
y al ocre desabrigo, rabia suman.

No hubo acuerdo. El nuevo delegado,
el crisantemo, desapareció
tras un descanso en las conversaciones.
No pudo ser el secretario, ya sin amante,
y por muchas pesquisas que se hicieron
no se encontró ni rastro ni fragancia,
ni tampoco mensaje aclaratorio.

Es de temer que se hayan extinguido
flores, árboles, hierba y matorrales.
Pero el asunto en vez de remitir
horrible y grave se presenta.
Hartos de ver sus tumbas desfloradas
salen los muertos de su entierro
dispuestos a luchar hasta el final
para que vuelva el mundo a florecer.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Venganza

Mi tristeza es un señor mayor de barba sucia
que esconde algo tras la espalda.

Al fondo de la mirada fiera
vive aquel vuelo de gaviotas,
en el poso de su voz agria
resuenan las palabras que una vez fueron dichas.

Mi tristeza es una mujer
armada de cuchillo,
con su sonrisa amarga me predice
un dolor inminente.

La primera cuchillada
hace brotar de la herida su sonrisa.
Tras la segunda
mana el aroma mortal de su pelo.

Me sacan los ojos
para que no puedan dejar de ver sus ojos negros.
Me abren el pecho
para salarme el corazón con su sal mas húmeda.

Y cada golpe,
cada golpe rompe por un lado,
y cada cuchillada escarba en una grieta.
Pronto será la riada…

Mi tristeza busca un fondo de algas y peces,
es una piedra que me lastra y ya no puedo.
Me dejaré hundir
hasta el vacío de su cuerpo.
Me dejaré degollar
por la luz de su sonrisa.

© Juan José Ayuso