Ocaso 1

La tarde se derrama fría
y triste
y gris
y se filtra en la luz mortecina
y triste
y fría
y empapa de sombra las calles grises
y tristes
y húmedas
que abren un sordo grito al cielo lívido.

La tarde abate corazones empapados, agotados
y almas acuosas, derrotadas, resignadas
para las que no da ya esperanza el día.

La tarde cae pero por encima
se levanta, emerge,
torre de cristal,
bloque fulgente,
espejo alzado, oro,
oro intenso, desafío
al sol que huye, resplandor
de brasa última, última esperanza
que nos queda ya del día.

 

Ocaso 2

Me duele el ocaso
como cuchillo que corta el pecho,
como cuchillo que corta el cielo
y abre heridas doradas
que derraman fuego.
Me duele el ocaso
como un momento
que se acaba,
como un día
que se acaba,
como una vida…

 

Atardecer en vuelo

Luce dorado el horizonte,
luce dorado
como hoja de oro fina,
y en el punto aquel
donde más ilumina
abre un abanico de azules matinales.
Mientras, va llegando por detrás ansiosa,
boca voraz de noche oscura.

Vuelo por donde solo nosotros volamos,
por caminos de espuma y algodón,
por sendas de hilachas de fuego reventón,
donde tras montañas de suave nieve
esconde el sol su último fulgor.

Se difumina este suelo nata y caramelo
bajo el cielo azul oscuro que persiste,
se difumina en pinceladas encendidas,
se difumina para dejarnos a la vista
el rojo rubor del sol en su partida.

Se apaga el limite del mundo,
se apaga como brasa que declina
y quedan desveladas a la vista
las luces de las obras de los hombres,
las luces de los astros de la noche.

Sol que tu luz todo lo domina
que nos revela tanto por el día
nos descubre el hecho de tu huida
la intima luz de muchas otras cosas.

Será por eso que nos llama la noche,
Será por eso que nos atrapa y encandila,
por el ansia de ver en otros corazones
la luz del alma que en ellos se cobija.

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