ZAPÁTUM REVOLÚTUM

De tanto andar y tanto andar
un día los zapatos
quisieron caminar por ellos mismos.

Y solos van por la calle, en parejas de pie izquierdo y lado derecho. Primero uno y después otro, en síncrona armonía, con el grácil taconeo de la bota o el tacón de aguja, o la suavidad de zapatillas y manoletinas.

Pronto se percataron que no tenían por qué marcar el paso de los hombres. Y como si saltasen a pies juntillas a la par van el pié izquierdo y el pie del otro lado amarrados.

Y de más aún se dieron cuenta: que no tenían por qué ir en parejas ni de calzado ni de pies ni de estilo ni de talla. Y ahora se los ve, a uno de tacón de aguja emparejado con un zueco, a un pie izquierdo con otro izquierdo, a una zapatilla con una bota.

Y más aún se puede ver, que han descubierto que cada uno puede ir solo por su lado, por camino contrario al de su compañero.

Cuando viajan en tren caben muchos más en menos sitio. No necesitan de tantos trenes, ni de tantos autobuses, ni subir ni bajar pisos, ni neveras ni frigoríficos. No necesitan duchas ni calcetines, no necesitan tomar café; solo algo de betún y un buen cepillado.

Ahora en mucho menos habitan muchos más. Ahora el mundo es mucho más grande, más ancho el cielo.

Y a la vista de todo esto ¿Que fue? -Se preguntarán ustedes- ¿Que fue de los que llevaban antes el calzado?

© Juan José Ayuso Martínez

 

Huelga

Las flores van a convocar una huelga.
No habrá néctar que liben las abejas,
no habrá colores para los pintores,
no habrá regalos para enamorados.

Harán huelga de pétalos caídos.
Pero ante la amenaza
solo algún tibio comentario
se oye en el ministerio,
y con desgana las convocan
para una toma de contacto.
La rosa vino portavoz
con una buena lista de demandas,
pero la secuestró para su amante
un secretario a dieta de cariños.

la hierba, por solidaridad, hace huelga
-¡Ojo! la que se fuma también hace-
junto a los árboles y matorrales.
Quedan desnudos, fríos, tierra y campo,
y al ocre desabrigo, rabia suman.

No hubo acuerdo. El nuevo delegado,
el crisantemo, desapareció
tras un descanso en las conversaciones.
No pudo ser el secretario, ya sin amante,
y por muchas pesquisas que se hicieron
no se encontró ni rastro ni fragancia,
ni tampoco mensaje aclaratorio.

Es de temer que se hayan extinguido
flores, árboles, hierba y matorrales.
Pero el asunto en vez de remitir
horrible y grave se presenta.
Hartos de ver sus tumbas desfloradas
salen los muertos de su entierro
dispuestos a luchar hasta el final
para que vuelva el mundo a florecer.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Triste rutina

Hoy encendí farolas
a golpe de persiana,
a bofetada de despertador.
Triste después de malsoñar
con que me echaban del trabajo
y de mi se reían
quienes alguna vez dijeron
que éramos camaradas.

Otra vez hago el viaje,
otra vez mal humor, malos humores.
Silencio.
Solo habla algún pobre angustiado
para evitar así el colapso
de su garganta, muerte inevitable,
horrible la agonía.
Casi es de agradecer.

Hoy he encendido el sol
a golpe de peldaños
en la estación del metro.
Tristes inhalan mis pulmones
este licor de efluvios industriales,
tristes lloran mis ojos
este aire rojo y gris que nos envuelve.

Otra vez el rugir
de coches y el chirriar de las cadenas
lo llenan todo
y nos someten a esta vida
que a disgusto tenemos que vivir.
Fantasmas errabundos, tristes muertos
que no sabemos
donde está nuestra tumba.

Sin embargo persiste,
breve destello,
sonrisa que se pierde,
humilde flor que rompe las aceras.
Persiste, terca,
la vida…

© Juan José Ayuso Martínez

Parecía divertido

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Dábamos caza a los mas grandes animales,
fieros depredadores o inmensas moles,
por verlos a nuestros pies rendidos.

Parecía divertido.

Doblegábamos la tierra y el tiempo,
puestos a nuestro servicio,
y tirábamos a la basura
todo lo que nos sobraba de comer.

Parecía divertido.

Las grandes ciudades, las grandes obras,
ensimismados en nuestros propios logros,
dominio sobre la naturaleza y las cosas.

Y el maná de las plastihamburguesas
corría para todos, como si no hubiese fin.
Y la fiesta continuaba a todas horas
como si todo fuese bien y no hubiera de acabar,
mientras algunos pocos se erigían
poderosos y ricos.

Parecía divertido.
Hasta que el mar empezó a escupirnos nuestro orín,
Hasta que el cielo decidió volverse ceniza y humo,
Hasta que la tierra renegó de sus hijos predilectos.
Y ya no fue tan divertido.

Hoy hace ya
mas de mil días que no llueve
y el polvo nos penetra
y nos reseca la boca
y nos quema las entrañas
y ya no es tan divertido.

A día de hoy
sobre todos pende la amenaza
de un tumor maligno
sin que nada pueda evitarlo
ni haya consuelo para el dolor de los pobres,
y ya no es divertido.

A día de hoy
el pan es una quimera
y ardemos
y somos pasto de batallas
y no es nada divertido.

Pero todavía queda un lugar,
un lugar virgen donde los ricos acaudalados
han hecho paraiso,
han hecho fortaleza,
privilegio que les otorga el poder y la riqueza.

Y yo, que ya estoy viejo y decrépito y pronto moriré,
ejerciendo la mas arraigada tradición humana
les digo a mis hijos que se hagan soldados,
fieles vasallos de esos hombres poderosos,
que lo que cuenta, al fin y al cabo, es sobrevivir.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Como dioses

Avanza raudo el tren.
Corcel, animal ágil y veloz,
como si estuviese vivo,
vivo por nosotros
que lo hicimos de la nada
cual dioses, o dios.

Se elevan gráciles y bellas
la torres, las altas torres,
los árboles del parque,
como rocas y bosque
plantados por nosotros
donde nada había
como por dioses, o dios.

Hacemos nuestro mundo
de ciudades, industrias,
ondulantes sembrados
como un nuevo mundo
sustituto del mundo dado,
dominando la naturaleza,
la intima razón de las cosas,
de las mentes,
de las personas,
sin dioses ni dios.

Y hacemos de las gentes
rebaño
que traemos, llevamos
y comen lo que les damos
como si fuésemos pastores, o ganadero.

Y manejamos sus corazones
como marionetas,
que desean lo que les susurramos
y hablan lo que les hablamos,
como espíritus o demonio.

Y tomamos a los hombres por cosas
que se cuentan, traen y llevan,
que se compran
y se tiran si no valen
como consumidores, o comerciante.

Tomamos a los hombres por cosas,
cosas ajenas a nosotros,
vacíos de nosotros mismos,
objetos sin alma,
objetos en una mente perversa.

© Juan Jose Ayuso Martínez