Nido

Volaba la ternura
buscando nido,
y lo encontró en tus manos.

Fueron dos gorriones del oeste,
donde el lago refleja el atardecer huidizo,
y al calor de tus manos se quedaron a vivir
en el alféizar de tu ventana.

Volaba solitario
queriendo llegar antes al ocaso.

Fueron dos cataratas del este esquivo,
de donde siempre sale el sol de espaldas,
y al calor de tu nido se le olvidó volver.

Crecieron madreselvas y geranios,
creció un aroma de cocina,
crecio una estrella en la alcoba.

Ahora sale el sol de frente,
y, apacible como abuela,
dora los campos al atardecer.

© Juan José Ayuso Martínez

Ángel de Oro

Ángel rubio
puerta transparente, leve, aérea,
de tus manos surgen briznas de color.
Apenas aire
tus alas cubren el cielo.
Briznas de color sobre tus palmas.

Tus ojos alumbran tenebrosos sitios
escrutadora de galaxias y estrellas,
tus ojos son luz por tenebrosos sitios,
alas de oro que sobrevuelan y alzan.
Tus ojos inundan luz,
encalan sombras,
descifran tempestades.

Rotundo ángel áureo,
radiante entrada,
luz de piedra.

© Juan José Ayuso Martínez

Desahucio Consentido

La rosa pétalos metálicos con que embestías sinrazones y desdichas, aniquilabas los subterfugios de los cobradores de deudas antes siquiera de llegar a la puerta.
El cilicio púas de satén con que rodeaba tu cintura de cristal, la blancura perla de tu piel confundida con el resplandor fresco de una supernova.

Llévate el viento por el camino gusano de cuentas doradas
Llévate el sol por el secreto de los mineros de aguas
Llévate el aire por la ceniza que surte de los membrillos
Llévate la luz por las cimas reino de algún animal desconocido

La rosa espinas nacaradas con que batallabas heroína razón y gloria de tus triunfos sobre los más variopintos burócratas de pergamino.
La fusta sabor a fresa con que regalaba tus oídos, tus ojos, el fulgor rosado de tu lengua en la cabalgadura fructífera de estrellas y plegarias atendidas.

Llévate el agua por misericordia de los perros giróvagos
Llévate el barro por acción invisible o pecado de omisión
Llévate la lluvia por favor de los hombres que pasan hambre
Llévate la tierra por orden directa de los gusanos de seda

La rosa afilados pétalos de diamante con que desmembrabas los tanques en fila para su revisión anual antes de que pudieran dar parte al seguro.
El látigo seda que siembra lágrimas de azúcar por el fulgor azul que emanaba a media distancia sin otra razón que los extremos que la definen.

Fuego queda por llevarte
Fuego a media distancia de las sombras, de las razones de ser de las sombras y de la oscuridad
Fuego aún queda por llevarte
Fuego extinto en llamas azules, en sombras blancas, en luz de fin de función.

Me queda un túnel de gusano entre el esternón y la columna donde antes había un flagelo.
Te queda una explosión de cristales en una atmosfera de gel transparente.

(C) Juan José Ayuso Martínez

Flashback

En la esquina de la avenida
hay un mendigo,
barbas largas greñas sucias,
un mendigo
de abrigo roto zapatos rotos
roto corazón.

Hay un mendigo
y en el mendigo,
un hombre derrotado.

Derrotado,
mirar cansado alma ajada,
derrotado,
ropa arrugada rostro arrugado
amargo corazón.

Un hombre derrotado
y en su derrota,
un sueño.

Un sueño,
mirar altivo cuerpo joven,
un sueño,
brillante estrella brillante sino
ardiente corazón

En la esquina de la avenida
hay un sueño,
y en el sueño
un niño.

Arcoiris

Llueve.
Ciudad al fondo
y en la ciudad ese mazacote naranja
—bloques tristes, monótonos—
donde vivo yo.

Y en medio
torres blancas de tiempo sucio
donde vives tú.

No se
que embrujo o plegaria,
que mirada o sonrisa,
que acto de amor o lujuria estarás cometiendo,
pero justo ahora,
en donde vives tú,
comienza el firmamento.

Parque y Desconchón

Paseo por el parque y me entretienen
los gorriones volando hacia las ramas,
las cotorras y urracas por las copas,
las golondrinas por el cielo.

Veo los pájaros y anhelo
curiosear las ramas, subir las copas, trepar al aire.
Quiero llegar a lo mas alto
y para ello
crezco, me agrando, me agiganto.

Ya mis ojos
escudriñan las ramas,
ya mis piernas
son gruesas como troncos,
ya en mi mano
caben las copas de los árboles.

En este viaje en mi tamaño subo
por el aire, más grande, aún más grande,
llenando el mundo pero…

Topo con mi cabeza contra el techo.

Observo un trozo roto del papel pintado
que finge cielo y nubes,
y un desconchón, debajo, sin rastro de humedad.

Pasean por el parque abuelo y asistenta.
Paran para tomar café y buñuelos,
alrededor los niños juegan.
Toma café y buñuelos el abuelo,
juegan los niños,
y la hermosa asistenta
descubre el pecho luminoso.
Toma café el abuelo, juegan, saltan los niños
mientras ella se eleva poco a poco,
levita lentamente mientras alrededor
más y más niños saltan y gritan a la vez
“yo quiero, yo quiero”.
Ella levita,
rezumando fotones,
dando su mística lechada.

Saltan mas alto, mas alegres,
hasta alcanzar sus brazos,
hasta alcanzar sus pechos para que, amorosa, les de su luz.

Y cantan con fervor, con alegría
mientras se elevan,
achicando árboles,
trepando el aire,
y al final
topan todos contra el techo.

Ya está clara la causa de nuestro desconchón.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Hablar al niño

A mi madre.

Una pequeña angustia surge
apagando las luces
del mercadillo navideño.
Cogido de la mano, allá arriba
sombra y lágrima velan la cara de mamá.

Una rota ilusión agarrota la garganta
mientras con prisa vuelven
y en lo alto una mueca de ansiedad
aleja al fondo de la noche
el rostro de la madre.

Reconozco tu angustia, madre, en mí,
que antes que angustia fue dolor,
que antes de ser dolor fue muerte,
la ilusión devastada, la ilusión de una niña.

Reconozco tu angustia dentro, ahora,
que ando el camino de mis huesos
desde mi angustia a mi dolor,
desde el dolor hasta mi culpa,
desde la culpa hasta mis yerros.

Madre.
Ahora estoy donde tú estabas.
Ahora sé.

Y puedo ahora, madre, hablar al niño.

© Juan José Ayuso Martínez