Parque y Desconchón

Paseo por el parque y me entretienen
los gorriones volando hacia las ramas,
las cotorras y urracas por las copas,
las golondrinas por el cielo.

Veo los pájaros y anhelo
curiosear las ramas, subir las copas, trepar al aire.
Quiero llegar a lo mas alto
y para ello
crezco, me agrando, me agiganto.

Ya mis ojos
escudriñan las ramas,
ya mis piernas
son gruesas como troncos,
ya en mi mano
caben las copas de los árboles.

En este viaje en mi tamaño subo
por el aire, más grande, aún más grande,
llenando el mundo pero…

Topo con mi cabeza contra el techo.

Observo un trozo roto del papel pintado
que finge cielo y nubes,
y un desconchón, debajo, sin rastro de humedad.

Pasean por el parque abuelo y asistenta.
Paran para tomar café y buñuelos,
alrededor los niños juegan.
Toma café y buñuelos el abuelo,
juegan los niños,
y la hermosa asistenta
descubre el pecho luminoso.
Toma café el abuelo, juegan, saltan los niños
mientras ella se eleva poco a poco,
levita lentamente mientras alrededor
más y más niños saltan y gritan a la vez
“yo quiero, yo quiero”.
Ella levita,
rezumando fotones,
dando su mística lechada.

Saltan mas alto, mas alegres,
hasta alcanzar sus brazos,
hasta alcanzar sus pechos para que, amorosa, les de su luz.

Y cantan con fervor, con alegría
mientras se elevan,
achicando árboles,
trepando el aire,
y al final
topan todos contra el techo.

Ya está clara la causa de nuestro desconchón.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Hablar al niño

A mi madre.

Una pequeña angustia surge
apagando las luces
del mercadillo navideño.
Cogido de la mano, allá arriba
sombra y lágrima velan la cara de mamá.

Una rota ilusión agarrota la garganta
mientras con prisa vuelven
y en lo alto una mueca de ansiedad
aleja al fondo de la noche
el rostro de la madre.

Reconozco tu angustia, madre, en mí,
que antes que angustia fue dolor,
que antes de ser dolor fue muerte,
la ilusión devastada, la ilusión de una niña.

Reconozco tu angustia dentro, ahora,
que ando el camino de mis huesos
desde mi angustia a mi dolor,
desde el dolor hasta mi culpa,
desde la culpa hasta mis yerros.

Madre.
Ahora estoy donde tú estabas.
Ahora sé.

Y puedo ahora, madre, hablar al niño.

© Juan José Ayuso Martínez

 

El café del abuelo

(Poema surrealista claramente imitativo)

Un abuelo toma café con su asistenta en el parque.
Ella, joven y lozana, lo apura con fruición.
El, viejo y cansado, apenas toma unos sorbos.

Un abuelo toma café con un mendigo del parque.
El, demacrado y mísero, lo agradece con fervor.
El, viejo y cansado, observa como el líquido marrón se disemina por el aire.

Un abuelo toma café con el demonio Orbered.
Ello, maligno y maloliente, sopesa las luces de colores.
El, viejo y cansado, observa los niños revolotear en el aire.

Un abuelo toma café en la cumbre de una montaña.
El lugar, frío y solitario, no alberga interés alguno.
El, viejo y cansado, ya no tiene interés por nada.

Una estrella observa al abuelo tomando café.
Ella, lejana y fría, no siente pena alguna por el viejo.
El, viejo y cansado, tiene un recuerdo de su afán juvenil por las estrellas.

La muerte acompaña al abuelo que toma café.
Ella, eterna y misteriosa, no sabemos siquiera si piensa.
El, viejo y cansado, sopesa implorar por otra taza o nada.

Un abuelo toma café con una momia en su cámara mortuoria.
Ella, desesperada de soledad, no deja de parlotear narrando hechos de tiempos bíblicos.
El, sorprendido y admirado, levanta los ojos por primera vez en mucho tiempo.

La vendimia de estrellas fue galante,
el mosto es luminiscente y hay que beberlo rápido para que no se evapore.
Un hombre bebió y soño con cascabeles y estaciones de tren.
Una mujer bebió y construyó una vía para que volviesen los gatos.

La vendimia de moluscos fue galante y nocturna,
el mosto es terroso y solo sirve para regar canciones.
Un hombre regó su brazo de mosto y un avión sobrevoló por encima.
Una mujer regó su cintura y el firmamento se llenó de pequeños cobayas.

Llega el otoño pero los castaños ya no son peligrosos,
ahora en las avenidas los setos se conjuran para levantar la falda de las mujeres.

A una mujer le levantaron la falda y llevaba veinte inmigrantes de incógnito.
A una mujer le levantaron la falda y vieron como el suelo se disolvía a su paso para luego reaparecer.
A una mujer le levantaron la falda y no descubrieron nada y la eligieron por reina.
Enredaron sus ramas en su cuerpo y se convirtió en estatua de madera.

Pero la mujer se cansó y gritó y todas las hojas se encresparon, le dieron la razón y se marchó.

Ahora vendría el invierno pero este año no quiere melancolías absurdas y ha encerrado a todos los poetas juntos.
Los lápices se han sublevado ante la inminencia de su desuso y han interpuesto una demanda.

El abuelo no está para demandas y ha decidido que haya invierno,
que a él le gusta ponerse el frío de corbata,
y tomar café.

El abuelo toma cafe con un macetero en el parque.
Ello, ahíto e tierra, cultiva un plantón de monjes benedictinos que cantan de maravilla.
El, viejo y cansado, empieza a estar harto de los globos de colores.

El abuelo toma café con el guardia de seguridad.
El, ansioso por contar un secreto, lleva una varita mágica y de vez en cuando se convierte en misal antiguo.
El, viejo y cansado, siente pereza ante la idea de asistir al concierto de latas de cebolla.

El café está llegando a su fin y la asistenta descubre sus hermosos pechos.

Un velero bergantín naufraga en el sexo arbolado de una mujer amada.
Parece que el universo cabalga a lomos de una idea e intenta reconfigurarse para dar razón a las palomitas de maíz.

El abuelo no cree en el Big Bang así que coge su taza de café.
Mientras, su asistenta se eleva un poco hacia los cielos.

El abuelo, por fin, termina su café.
Su asistenta le acoje en el regazo para amamantarle con mosto de azucenas.
Para mañana ya tienen varias citas.

© Juan José Ayuso Martínez

Los gatos

Al maestro Enrique Gracia Trinidad.

Un hombre toma café
en un ventanal
a pie de calle.
Toma café,
enciende un cigarro
y mira.

Convocan a arrebato
en el pueblo de los gatos.
Rápidos, inquietos
corren, saltan, trepan…
Llaman a los gatos a arrebato
por las calles, solares y callejones.

El hombre sacude la ceniza,
toma un sorbo de café
y observa la calle.
Posee una certeza.

Profundos requiebros maullan las gatas
a los gatos, indiferentes
a los rotos llantos,
a las camadas
de tiernos gatitos.

El hombre contempla los aleros
cuadricular el cielo.
El humo se demora por su barba,
interrogantes volutas,
velando respuestas.
Toma el último sorbo de café.

Sentados,
estática la pose
-cola a la derecha,
ojos felinos-,
sentados,
hieráticos, vigilantes,
los gatos…

El hombre apaga su cigarro,
se levantaba,
paga sus deudas y sale a la calle
donde todos los gatos le aguardan

en perfecto estado de revista.

© Juan José Ayuso Martínez

Penélope

Un día fueron tuyas las nupcias
antes de que el bravo héroe marchara
y quedaras esperando

el retorno de la voz,
la piel,
el músculo que encienden tu alma.

Un día marchó y las comadres decían:
Mira que no volverá seguramente,
y si vuelve será viejo.
Mira que no pensará en tí
cuando unos frescos muslos se le ofrezcan.
Mira que no faltarán bocas
que hagan de tu cuerpo su banquete.

Pero tú sólo pensabas
en el bravo héroe
cuya voz,
cuya piel,
cuya sonrisa
encienden tu alma
en las noches claras del estío.

Y fueron primaveras, veranos, otoños.
Y fue cada vez más fuerte el duelo
entre tu mirada y la piel…
Pero al final volvió:
más viejo,
había conocido otras mujeres.
Y unas decían
y otros reían
y todas se burlaban socarronamente.

Pero yo se
que guardas en tu alma
la suave espuma del amor,
la delicada esencia
de juventud,
que ni la más alta luz de luna llena
podrá jamás igualar.

© Juan José Ayuso Martínez

Realidad y Pérdida.

Mis queridos amigos.
Ya se que no apreciáis como yo aprecio
la glauca bruma que suaviza el bosque,
la blanca piel de la alborada
que invita al beso y la caricia.

Ya se, mis jóvenes poetas,
que no es para vosotros
la copa de los árboles
cabello al viento.
Que no escuchais en el trinar de pájaros
el canto que yo escucho.

Se que de noche, como yo,
buscais refugio, algún abrazo,
la algarabía cálida,
el roce de la piel que anhela el beso.

Se que de noche, como yo,
sentís quebrarse las cadenas,
sentís volar el alma al cielo.

Pero ahora, después de lo ocurrido
ya nada es como era antes.

Ahora solo encuentro descampados,
la obra del fuego, soledad.

Ahora me despierto y oigo solo
al vacío zumbarme los oídos.

Ahora las cadenas no se quiebran
ni en la noche hay refugio.

Ahora, mis amigos,
escucho vuestra risa lejos,
tan lejos como cerca escucho
el insistente grito del dolor.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Dios de la guerra.

Dime ¿En nombre de que dios nos matas?
¿En nombre de quién mueren los hombres
y lloran las mujeres
y gritan los niños?
Y luego las mujeres también…
Y también los niños.

Dime ¿En nombre de quién matáis?
¿En nombre de que dios desventráis mujeres?
Y lloran los hombres
y gritan los niños
y luego los hombres
y después los niños.

¿En nombre de quién matamos?
¿En nombre​ de que Dios
arrasamos los campos
y las ciudades
y salamos la tierra
y las fuentes
y no dejamos brizna
ni queda espiga?

Y se apagan las estrellas una a una
y se abrasan los planetas en jaurías
y se pudren las entrañas de una vez.
¡Decidme! ¿En nombre de quién, de que Dios,
me he vuelto un asesino?

© Juan José Ayuso