Amanecer del Guerrero

Aún es noche cerrada.
A lo lejos, luces blancas y rojas corren por la línea de la autopista.
Detrás de unas Lomas, un leve resplandor
hace pensar en una luna cobarde.
El frío va calando poco a poco en las entrañas.
La quietud cae sobre todas las cosas.
El instante se hace eterno.
Hay paz en el corazón.
Pronto
empezará la batalla.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Resistencia

A veces el reloj
se agrieta, escapa el aire ardiente
que todo empaña,
que todo envuelve en gris escarcha,
lo hace recuerdo en el futuro,
imagen de añoranza venidera,
certeza exacta de fugacidad.

A veces se retuercen
las manecillas del reloj
en una mueca agónica o grotesca.
Y vuelven los recuerdos
y vuelven los anhelos
y el corazón claudica
ante el hecho rotundo de la pérdida.

A veces el reloj
es cruel, burlona máscara,
que encubre un fuego oscuro,
ineludible en el desgarro,
preciso en el trabajo con la arena;
de sobra se detrás a quien esconde.

¡Pues bien!
Aquí mis uñas
navajas afiladas,
aquí mis dientes,
aquí mi cuerpo roca,
la piel coraza.
Aquí mi pecho abierto,
el corazón batiendo sangre.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Ardor

Un fuego crece
ladera abajo
de dulces sales
y agua mineral.

Un río contenido
furiosas aguas
de bravo empuje
difícil sujetar.

¡El cerco roto!
No se remansa
el río, fuego
no para de quemar.

¡Hermoso cataclismo!
Olas que abrasan,
ríos de fuego.
¡Ardiente navegar!

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Triste lluvia

lluviaenventana

La lluvia siempre es triste.
Es triste y quisieras
que en el dulce espacio de tu cama
alguien te diese calor
mientras aire y tierra se ven subyugados por el agua.

En la comodidad de tu estancia
la luz apaga su visión a través de la ventana
y solo el piqueteo de las gotas revela su presencia.
A veces ni siquiera eso y entonces
la lluvia siempre es
fantasma convocante,
fantasma de otras lluvias.

La lluvia puede ser triste
o puede ser puñal que entra en la garganta,
oscuro aire,
mar oscuro,
que llega al corazón y allí se queda.

La triste lluvia te convoca
a mezclar tus lágrimas con las suyas.
Tierna te acogera en su líquido consuelo
que limpia la vida.

Nunca he caminado desnudo bajo la lluvia.
Nunca he penetrado su agua,
Nunca ha penetrado su agua
por todos los resquicios de mi cuerpo,
no he despedido vaho,
no he luchado por mi vida bajo la lluvia.

Cuando te envuelve su oscuridad
la lluvia es la materia del espacio,
extraña mezcla
de gotas vacías, gotas llenas,
mar extraño.

Pero la lluvia siempre gana,
la lluvia siempre gana.
Solo queda esperar acurrucado
hasta que arrastre la sangre, las lágrimas,
purifique músculos, huesos…
o decida que esta vez no será,
que quizás otra lluvia.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Cena con Federico

Obviamente, a F. G. Lorca.

Cae el sol de la tarde
en oblicuos pensamientos,
cae el sol de la tarde
por el salón de los espejos
iluminando suspendidas motas,
rotas hebras del devenir del tiempo.

Cayó ya la noche
en el salón de los espejos.
Dos tronos de cristal nos esperan,
dispuesta ya está la cena.

Desnudos nuestros cuerpos,
agarrados de la mano
ocupamos los asientos.
Eres muchacho alto y claro,
mas de uno tendrá de ti tormento.

Invisibles camareros nos atienden,
invisibles sus cuerpos solo visten
guantes para las manos,
gafas de sol y reflejos.
Invisibles sus cuerpos
descubierto el sexo,
y no sabemos cual será,
ni como será su pecho.

Ahora llega ya el primer plato:
moluscos y erizos de mar.
algún pez volador
que hay que coger al vuelo.
Desnudos los dos,
agarrados de la mano,
juntos los asientos.
Eres muchacho alto y guapo,
pero temo no te daré yo consuelo.

Divertido será jugar,
averiguar el sexo de los camareros,
por el apretón de nuestras manos agarradas
adivinar
que descubrió la otra mano
en un cuerpo invisible
dentro de un sueño.

Aquí llega ya el segundo plato:
¡Martillos, cristales y espejos!
Con fervor nos entregamos,
a pulverizar sus reflejos.
Entusiasmados por el sabor
de los añicos que hemos hecho,
dispuesto a seguir con el salón
alborotado se han los camareros.
Vuelo de mariposas sus guantes
inundan todo este hemisferio,
buscan calmar nuestro ánimo,
y que volvamos al asiento.

Desnudos los dos y de la mano,
no hay calor que no surja de este encuentro,
Eres muchacho grácil y bello,
lástima no me guste masculino pecho.

¡¡Lo siento!! Llegó la hora.

Todas las lineas perpendiculares
a las gafas de los camareros
apuntan al mismo centro.
Los vectores hortonormales
de sus miradas
invisibles
apuntan al mismo momento,
a la puerta que del sueño pasa
a cierta madrugada,
al camino de Viznar,
al tu inicio de ser eterno.

Por las esquinas del salón
se apilan las monedas.
Por una cara tu gentil rostro,
por la otra guadaña fea.

Al fin, me temo, acabose el tiempo.

¡Eres joven y hermoso!
¡Eres flor, caramelo!
Te iras, bueno, te morirás
al viejo estilo
de los sex pistols
dejando un cadáver bello.

Al otro lado de este sueño
te espera tu cita
tantas veces añorada,
la madrugada de ese día que no acaba,
la eternidad en la que si se te busca
siempre se te haya.
Vencerás a tus verdugos,
refulgirás cristo luminario
por encima de las alimañas.

Se me queda la mano helada,
ahora que te alejas.
Se me queda un olor a guadaña
en este sueño que negrea.
Ya no hay camareros o camareras,
no hay tronos ni cristales
ni espejos
ni motas de polvo
que en rayo de luz revolotean.

Tenemos que repetirlo,
Me ha gustado mucho la cena,
cuando quieras esta es tu casa.
Y gracias por el poema
en que se mudan todas las cosas
cuando tu mirada las contempla.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Elegía para un coleguita del barrio

Ahora lo haremos. Abriremos
el salero y la sal derramaremos,
y desparramaremos la pimienta,
y abriremos los botes con especias
y por aquí y allá las tiraremos.

Y el aceite, los treinta
litros de aceite vamos a verter
por toda la cocina,
a chorrear por toda la escalera
hasta que salgan del portal afuera.

Y después, las ventanas romperemos.
El sol, la fresca brisa invadirán
la casa y limpiarán
a fondo el mal olor que da el encierro.

Y dejaremos que entren golondrinas
y que en los dormitorios hagan nidos,
y que colmenas hagan las abejas
entre armarios y libros,
que telarañas hagan las arañas,
y que embrujen la casa
espíritus propensos al bullicio.

Al suelo de la plaza tiraremos
cristales, que al romperse estallen, truenen
para mayor terror de los tenderos.
Algún mueble también
volando a la calle arrojaremos
para prender con ellos un gran fuego.

Miedosos por el hecho y su osadía
a cuatro batallones de los geos
avisarán de la comisaría.
Para darles aún mas argumentos
irá mas leña al fuego
cantándole al amor en unos versos.

Atrancaremos puertas de la casa,
en el portal haremos barricadas.
No les será muy fácil
conquistar muestra plaza.
Grande y desigual será la lucha,
botes de humo cruzarán el cielo,
taladrará metralla el firmamento.

Hemos de procurar que no haya guerra
por los otros aposentos,
no vaya a ser que afecte
a nuestros nuevos compañeros;
nuestro será el sacrificio
para que ellos tengan hueco.

Ya luego, después,
cuando tranquilamente
hayamos calentado el cuerpo
al abrigo de las camisas de fuerza
en algún manicomio o penal
y a su debido tiempo,
nos disolveremos en aire
y nos volveremos viento.
Iremos de visita a ver como quedan
las golondrinas, las abejas, las arañas
y los espíritus farulleros.
Les diremos que está muy buena
la vecina del tercero.
Y que no le metan miedo
a la abuelita del segundo izquierda
que sufre taquicardias
del corazón del pecho.

Por el camino de los pinos
hasta el cielo subiremos.
Subiremos hasta las nubes,
a tocarles el culo
y darles un meneo.
Nos iremos de juerga con el sol,
para que nos caliente al colegueo,
y por la noche follaremos con la luna,
igual como se folla
con las princesas dulces de los cuentos.

© Juan José Ayuso Martínez

 

No quiero ser verdugo

Ayer corte una rama.
Corte una rama y de ella
no brotarán hojas,
no saldrán flores
que de su polen
hagan miel las abejas.
Corte tallo breve
y ya nunca será rama fuerte
que sujete a muchas otras
llenas de hojas verdes,
cuajadas de flores.
No perfumará el aire de limpio,
no protegerá del sol hiriente,
no será cayado o bastón,
flauta, herramienta o instrumento.
¿Que haré
para que mis manos
sean jardinero y no asesino?
¿Que haré
para no caer
en el infierno de mi mismo,
para no ser
cómplice ni verdugo,
para no cortar brote o rama
de esas
que los hombres son?
¡Que horrible destino
ver truncado el brote
de uno mismo!
¡No llegar a crecer
árbol erguido,
cayado, refugio,
lugar de nidos!
¡No llegar a escribir
la última palabra
en el último suspiro!
¡Ser fin antes del comienzo mismo!
¡No hagan mis manos
que el árbol no florezca!
¡No hagan
que no liben las abejas!
¡No se vuelva mi alma
carbón negro encendido y no haga
que el hijo no crezca,
que el padre no sea,
que el poeta no escriba
hasta el último de sus libros!

© Juan José Ayuso Martínez

No es tan difícil ser amigos

No es tan difícil ser amigos,
Solo basta con escucharnos.
Que aunque grites no me importe.
Saber que no siempre podrás echarme una mano.

No es tan difícil ser amigos.
Solo basta con no querer hacernos daño.
Buscar el mejor recuerdo, si no nos vemos.
Olvidarse de lo malo.

No es tan difícil ser amigos.
Solo es querer e intentarlo.
Si no nos volvemos a ver, no me olvides.
Y por encima de todo, encontrarnos.

© Juan José Ayuso Martínez

Sueños

Anoche pedí a mi dios
que diera un sueño a mi hijo.
Que bandadas de cotorras,
cantarinas y gritonas,
poblasen las ramas de su espíritu.
Que el vuelo de gaviotas al anochecer
haga que quiera saber
que hay mas allá de este sitio.
Que con veinte años
y el corazón lleno de trinos
nada podrá cerrarle el camino.
Que para erigir todo aquello
que soñando vivimos,
para eso,
para todo eso
hemos venido.

Hoy le pido al hombre
que cuidemos el sueño del hijo,
que cuidemos el sueño
por haber y por habido.
Que Plantemos un jardín para que sueñen
los hijos de los hijos.
Que hagamos cauces
que desborden sus ríos,
Fuertes muros
que derriben de un suspiro,
Altos faros
por si en la noche
se quedan perdidos.

Ahora os pido compañeros
que seamos ola, onda,
explosión de sueño vivo.
No importa
si nuestra sangre riega el campo,
si nuestros huesos hacen camino;
hay que barrer,
arrojar por el precipicio
todo aquello que no sea
flor, pájaro o trino,
todo aquello oscuro que surgió
por no soñar como los niños.

© Juan José Ayuso