Retrospectiva

Nos encontramos
justo cuando tu volvías
y yo huía para siempre.

Me preguntastes yo que tal
y yo te respondí mi vida.
Te pregunté como te iba
y me contaste tú la tuya.

Te conté de mis hijos y su futuro,
tu a mí de tus hijas y sus maridos.
Te conté de mi salud y sus problemas,
tu a mí de tus desdichas y frustraciones.
Te pregunté como te iba la muerte:

igual que a mi, cada vez más cerca.

Y al final nos despedimos,
con una sonrisa
y una casi lágrima
y los recuerdos desbordados.

No se si buscarías en mi algo.
Yo te juro que busque,
como el sediento busca agua,
la luz que había en tus ojos
en aquellas noches de juventud y vida,
en aquellas noches de verano.

Cómo te habrá tratado la vida
que no encontré nada.

© Juan José Ayuso Martínez

Plaza Mayor

No hay dinero para demasiado,
apenas unos pocos céntimos para sangre,
para alguna pequeña burbuja luminosa,
no mucho más para ofrecerle
un brindis a la luna.

A la luna
que escurre un hilo espeso
de leche condensada
y dona mantas
de aroma a gasolina.

A la luna
que nos abre sus mares de madre beatífica
para ofrecernos sus colmados senos
y su regazo reluciente.

Así nos amamantaremos
y dormiremos párvulos
bajo el auspicio de farolas,
huéspedes del papel prensado.

Agrio será el soñar,
bruma y olvido la costra
de este nuevo planeta,
eden de espejos reciclados,
hasta que nos despierten
azules ángeles custodios.

Y así, bajo este techo despojado de estrellas,
será como tú y yo,
con unos pocos céntimos apenas,
brindaremos
en esta noche sin azul.

© Juan Jose Ayuso Martinez

Mesías

Mi presencia aquí es fruto de una voluntad manifiesta.
Es un ansia por encontrar el rio, su nacimiento y las nieves que lo alimentan.
Es un ansia por rozar el cielo y ver la luz.

Mi presencia aquí es fruto de una voluntad manifiesta.
Un dolor no, una alegría quizás, el gozo del viaje hasta estas tierras tan inhóspitas que me han recibido con desdén.
Pero yo se que seré su hijo predilecto, el mejor embajador y el soldado más leal de sus ejércitos.

Mi presencia aquí es fruto de una voluntad manifiesta.
Entre estas ondas, al abrigo de los riscos donde habitan espero.
Observo el vuelo, la parada y el picado con el que inician la caza.
Y solo ansió volar, sentir el aire entre mis brazos, entre mis manos como arena que se escapa, las nubes a mi espalda, la tierra un paisaje que se agranda.

Mi presencia aquí es fruto de una voluntad manifiesta.
Ya conozco el rugir de sus olas, ya conozco el fondo de su abismo, ya aprendí a andar sobre sus aguas.
Bajo su piel de blanca furia he conocido mil lenguajes.
Sus rugidos me acompañan como música.

Mi presencia aquí, entre los hombres, es una responsabilidad acuciante, ante la cual abandono mi amada soledad y los ocasos dorados.
He de hablaros del monte y del rio.
He de hablaros del águila y su vuelo.
He de hablaros del mar y de sus aguas.
Se hizo necesario pero ahora es imperativo.
Atended, pues, que os va la vida en ello.

© Juan José Ayuso Martínez

 

 

Esperanza

A la memoria histórica

Hoy toca carta y sin carta llevo ya tres meses,
sin sol para leerla,
sin papel para la tinta,
sin tinta para las palabras.
Hoy toca escribir y sin escribir llevo ya tres días
y sin responder tú llevas ya tres vidas
Hoy toca volver y sin volver pasare tres siglos, quizás cuatro, quizás cinco.

Allá afuera, los páramos y los bosques,
las carrascas y encinas, los pájaros que vuelan, cantan.
Allá afuera, los trigos y caminos,
las máquinas que trabajan como mil hombres,
los hombres que piensan como máquinas.

El gusano que me comió el ojo
se ha hecho amigo mío,
dice que se le ha enquistado la tristeza
que tenía mi ojo de no verte.

El gusano que entro por el disparo en mi cabeza
se ha acurrucado en un hueco de mi cráneo,
dice que se ha contagiado de la angustia
que tenía la cueva de mi pensamiento.

¿Qué habrá sido de mis hijos?

No grito porque no puedo
con la boca llena de tierra,
con la boca vacía de lengua.
No grito porque no puedo,
que no coge aire el hueco
donde vivían antes mis pulmones.

La lluvia de ochenta años
ha lavado mi esqueleto de rencores,
lo ha dejado impoluto de odios.
La lluvia de ochenta años
solo me ha dejado la esperanza
de estar bajo el rosal que da sombra
a la tumba de la que a mí también me aguarda.

¿Cuándo será, cuando,
el reconciliar de los hermanos?

© Juan José Ayuso Martínez

 

 

La Ley de Segunda Oportunidad

Sale Manuel al parque, con el nieto,
mientras los padres bregan con la vida,
con esta vida, para la que nunca
se está bien preparado.

Y mientras le ayuda a subir al tobogán,
o le empuja en el columpio,
piensa Manuel en los días,
cuando él fue padre y sus hijos,
como el nieto, pequeños.

─¡Yayo!¡Yayo!¡La luna, la luna!
¿Por qué sale la luna por el día?

Aquellos días de trabajo a destajo,
de lucha y lucha, de cansancio.
Cuando un latigazo ardiente
le recordaba los días de su juventud despreocupada
de libertad y amores.
Y la amargura le apretaba el corazón
hasta volverlo roca, hasta convertirlo en un tirano.

─La luna sale a veces cuando está el sol para saludarle.
─¡Hola luna, hola luna! ¿Por qué no me saluda a mí?

Nadie le advirtió de cómo era aquello,
se sentía humillado, víctima
por una burla de la que todos eran culpables.
Y convertida su sangre en hiel
no veía la sonrisa de sus hijos,
ni sentía el calor de su casa.

─Es que la luna está muy lejos y no te ve, ni te oye. Por eso no te saluda.
─¿Y si subimos a un piso muy alto muy alto?
─La luna esta muy lejos, muy lejos… Por mucho que subas no te verá
─¿Y no podemos ir hasta donde esta ella?

Pero ahora tiene otra oportunidad:
No se perderá ni una sola sonrisa de su nieto,
se aprenderá todas las historias de superhéroes,
y, lo que nunca hizo, le enseñará a cantar alguna canción.

─Cuando seas mayor, te haces astronauta, coges un cohete y te vas a la luna
─¿Y si me acuesto pronto esta noche mañana ya seré mayor?
─No, mañana seguirás siendo un niño. Y por muchos años…
─¡Pues yo quiero ser mayor para ir a la luna!

Ahora tiene una segunda oportunidad,
y no va a dejar que se le escape.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Mendigo bajo la farola

Hilera de farolas de una calle o carretera cualquiera.

Bajo un cono de luz
un mendigo espera sentado.
Espera a ese transeunte que le deje
algún dinero en la escudilla.
No se levanta, no se mueve
del cono de luz de su farola
sujeto como está
por una cadena invisible.

Bajo los conos de luz de las farolas
los mendigos esperan.
Algunos, recien llegados,
no terminan de entender la situación.
Otros ya han claudicado y aguardan.
Hay esqueletos que proyectan sombras chinescas.
Mas allá, unos perros
han empezado a devorar a un indigente recien fallecido.

Bajo esta luz que me maldice
no me atrevo a levantar la cabeza,
no quiero averiguar de donde viene,
no quiero incorporarme,
no quiero descubrir
que estoy encadenado.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Dos Pájaros (o sobre el dolor)

El lamento son pájaros
que acuden a mi puerta,
que chirrían sus graznidos
y cuando salgo huyen, por el pasillo,
hasta la habitación oscura donde habitan.

El dolor es un pájaro
que aletea violento, chilla,
encadenado a un ser de carne y mueca
en una habitación a la que no me atrevo a penetrar.

Y un dirigible negro de alas negras,
todo él hecho jirones,
aletea pasmoso por los pasillos,
recogiendo para su cesta
algún pasajero de cuando en cuando.

Si el hombre pudiera desvestirse del dolor,
de la frágil carne que se consume y sufre,
surgiría un ser blanco,
un androide perfecto y luminoso
que mira al cielo
desde el fondo de un patio de hospital.

Pero aún quedará dolor en la memoria
y en un acto de luz se desprenderá de su alma
dejando atrás, dolor, memoria,
mientras el nuevo cuerpo inmaculado ilumina
un desierto de ensangrentadas piedras.

© Juan José Ayuso Martínez