Siempre En Medio

Tras una noche de mal sueño,
de humores y olores,
de legañas en los ojos, ojeras, halitosis
y la negativa del cuerpo a obedecer
si no hay una taza de café por medio.

Ante la perspectiva de un día gris,
de un angustioso viaje hasta el trabajo,
de muchas horas de suplicio alienante
y otra derrota más cristalizada en la sangre
a última hora de la tarde.

Ante esto
y tras lo otro
solo tu sonrisa me salva la vida.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Plaza Mayor

No hay dinero para demasiado,
apenas unos pocos céntimos para sangre,
para alguna pequeña burbuja luminosa,
no mucho más para ofrecerle
un brindis a la luna.

A la luna
que escurre un hilo espeso
de leche condensada
y dona mantas
de aroma a gasolina.

A la luna
que nos abre sus mares de madre beatífica
para ofrecernos sus colmados senos
y su regazo reluciente.

Así nos amamantaremos
y dormiremos párvulos
bajo el favor de las farolas,
huéspedes del papel prensado,
agrio soñar de olvido y bruma.

Así, bajo este techo despojado de estrellas,
será como tú y yo,
con unos pocos céntimos apenas,
brindaremos
en esta noche sin azul.

© Juan Jose Ayuso Martinez

La Ley de Segunda Oportunidad

Sale Manuel al parque, con el nieto,
mientras los padres bregan con la vida,
con esta vida, para la que nunca
se está bien preparado.

Y mientras le ayuda a subir al tobogán,
o le empuja en el columpio,
piensa Manuel en los días,
cuando él fue padre y sus hijos,
como el nieto, pequeños.

─¡Yayo!¡Yayo!¡La luna, la luna!
¿Por qué sale la luna por el día?

Aquellos días de trabajo a destajo,
de lucha y lucha, de cansancio.
Cuando un latigazo ardiente
le recordaba los días de su juventud despreocupada
de libertad y amores.
Y la amargura le apretaba el corazón
hasta volverlo roca, hasta convertirlo en un tirano.

─La luna sale a veces cuando está el sol para saludarle.
─¡Hola luna, hola luna! ¿Por qué no me saluda a mí?

Nadie le advirtió de cómo era aquello,
se sentía humillado, víctima
por una burla de la que todos eran culpables.
Y convertida su sangre en hiel
no veía la sonrisa de sus hijos,
ni sentía el calor de su casa.

─Es que la luna está muy lejos y no te ve, ni te oye. Por eso no te saluda.
─¿Y si subimos a un piso muy alto muy alto?
─La luna esta muy lejos, muy lejos… Por mucho que subas no te verá
─¿Y no podemos ir hasta donde esta ella?

Pero ahora tiene otra oportunidad:
No se perderá ni una sola sonrisa de su nieto,
se aprenderá todas las historias de superhéroes,
y, lo que nunca hizo, le enseñará a cantar alguna canción.

─Cuando seas mayor, te haces astronauta, coges un cohete y te vas a la luna
─¿Y si me acuesto pronto esta noche mañana ya seré mayor?
─No, mañana seguirás siendo un niño. Y por muchos años…
─¡Pues yo quiero ser mayor para ir a la luna!

Ahora tiene una segunda oportunidad,
y no va a dejar que se le escape.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Hijos de Madrid

Hijos del inmigrante de extrarradio
sabíamos del barrio
y el pueblo de los padres.
Pero allá, en el centro
misteriosa llamaba la ciudad.

Y acudíamos, a su savia aglutinadora,
acudíamos, religiosos, todos los sábados
a nuestra bodeguita de la Ardosa,
a nuestros minis de cerveza y submarino de absenta.
Glorificamos exultantes,
derrochadores de osadía,
nuestra orgullosa juventud.

Pero todo lo cambia el tiempo
y un día nuestra Ardosa ya no tenía sitio
para los que veníamos del barrio.

Poco importó.
Seguimos celebrando nuestra mocedad trasnochada,
cada vez más arrinconados, contra corriente,
camino de una madurez incierta.

Hijos de la ciudad,
los nietos de Madrid,
alegran calles, bares y terrazas,
viviendo igual precariedad
que la vivida por nosotros,
gozando alborozados, igual que en nuestros días.

Tampoco aquí encuentra sitio
un paria como yo.
Los camareros me echan raudo
y la gente me ignora y menosprecia.
Pronto será de noche y he de volver
a mis mantas, mi caja de cartón,
al ruido de los coches bajo el puente.

No pretendáis llegar
a conclusiones rápidas.
No todos hemos acabado así:
algunos de mis compañeros
gobiernan bancos,
y los dejan entrar en cualquier sitio.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Tempo mecánico

un coche da vueltas en la rotonda eternamente
mientras mecen cunas gatos de metal verdoso
un coche da vueltas eternamente
mientras las espigas lo esquivan
por las calles viajan
hay un creciente muro de silabas
por las calles viajan
hay un creciente galopar de guerreros
por las calles viajan
cuando ella se va
pequeños fantasmas de ilusiones rotas
pequeños fantasmas de anhelos muertos
pequeños fantasmas de sueños de carne tierna

un coche da vueltas en la rotonda eternamente
su conductor sube y baja cada cien años
y el coche da vueltas eternamente
los árboles aprietan y liberan la tierra
los pájaros hacen nidos que flotan en el aire
las ratas lucen banderas ante los gatos guerrilleros
los fantasmas pequeños no crecen
los espectros terribles quieren abrir puertas sin paredes
quieren subir escaleras flotantes
quieren encontrar sus anillos perdidos entre sábanas

un coche da vueltas en la rotonda eternamente
su conductor es un espectro mas
pero el coche da vueltas eternamente
cuando la arena dora los caminos
cuando la piedra emerge de los campos
los fantasmas no crecen
los espectros no mueren
ya sin anhelos ni escaleras
no sabemos que esconden dentro
ya sin sueños y sin puertas
no sabemos
en qué estrato subterráneo estarán los anillos
en qué aire lejano estarán los requiebros
no sabemos que esconden dentro

el esqueleto de un coche da vueltas eternamente
en medio del vacío

 

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Cruzar la selva

Son siete barras blancas
pintadas en el suelo
de un lado de la calle al otro lado.
Y nuestro abuelo aguarda
a que los coches paren
y le dejen cruzar a la otra acera.

Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.

Pasada la primera banda,
llegando a la segunda, un encuentro:
—Buenos días, Eusebio.
—¡Encarna!¡Hola! Buenos días.
Pero el claxon de un coche quiebra y arrasa.

Tumbado en la calle un demonio juega a la gasolina
Juega con sus caballos de potencia en la línea de salida
Desbarata el mundo rojo tras su sangre peón alma carta ficha
Conjura zanahorias cronométricas
Fragor mecánico torres de esperma negro

Y sigue nuestro abuelo a la carrera.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Llegando a la tercera banda,
la cuarta queda cerca.

Hay una simbiosis entre la carne y los salpicaderos como un subproducto lesivo de la carrera de los artrópodos y otras especies
Hay una metamorfosis en la adicción a ciertos dióxidos torres negras que emanan su eflúvico encanto
Absorción metódica y filtrado eficaz configuran un paradigma nuevo en la carrera en la que el pato ha quedado fuera de juego
El paraiso está mas allá a la carrera al derrape acelerado arrebato furioso arrebato iracundo trance
Un paraiso rabioso estorbado insignificante desterrado humano insignificante

No lleva mala marcha nuestro abuelo.
Primero la muleta,
luego la pierna mala,
por último la buena.
Cruzando por la quinta banda,
la meta está en la sexta.

El camino se estrecha el camino se estrecha como puente de palo sobre precipicio de fuego
Como columpio sobre fauces de fuego lenguas igneas ojos negros ojos negros
Como brazos que acunan por encima de ardientes hienas en la yerba ardiente de un paraiso invertido
Entre finos dientes niquelados que buscan la caricia volteada que malgasta la sangre
Entre ojos rojos ojos negros pozos negros

Por fin llegó a la sexta.
Toma aliento y mirando atrás observa
como en la calle corren sin piedad,
como aceleran como un látigo.

Ya en la acera,
despacito,
con buena letra,
llegará al centro de mayores,
a sus amigos,
preguntará que tal Alfonso,
se tomará un café descafeinado.

Después de algún lamento,
y algún consuelo
y una mañana más en la tierra,
volverá despacito,
con buena letra,
y otra vez cruzará
por el paso de cebra.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Místico carro de la compra

Bajó Eulalia a la compra un día más,
y un día más,
se encontró con Felisa que volvía.

—¡Eulalia, que subió el pescado!
—¡Felisa, adonde iremos a parar!

—La sobrepesca y la codicia
del que pesca.— Dijo Felisa.
—El alma ennegrecida se descubre.
Eulalia respondió.
—Ya no se pintan blancas las paredes,
ni se viste de blanco.
—Ya no calienta el sol sino que quema.
—Ya no existe refugio para unos huesos puros.
—El fuego es vaticinio de la nada.
—Eulalia, nadie escucha ya los ruegos.
—El vacío, Felisa, es ahora nuestro sino.
—Yo te ofrezco en mis manos,
Eulalia, algo de luz.
—Para ti tengo sal,
Felisa,
y una gota de mar

Se juntaron sus manos,
mientras paraba el autobús
y delicados ángeles bajaban,
envueltos en un halo amarillento,
a elevarlas un poco sobre el suelo.

Unidas por las manos levitaban,
una con la otra, una,
mientras el chino vendedor furtivo
fumaba indiferente.

—¡Eulalia, que el pescado está más caro!
—Creo que congelado tengo un poco,
lo compraré mejor mañana.

Y un rubor onduló la calle,
y Felisa siguió para su casa,
y Eulalia fue para el mercado.

 

Elogio del friki

Y aquí estoy yo,
haciendo maquetas,
y viendo una de spideman.

Y tú, sin saber por donde,
siendo ya mayor del todo, quizas demasiado.

Y yo que solo quería que vinieras a jugar conmigo,
por el arroyo que había al final de nuestra calle,
hoy ya devorado por una autopista.

Y yo que quería construir un platillo volante,
con trozos de contrachapado
y motores eléctricos arrancados a juguetes rotos.

Y quería que vinieras conmigo,
a hacer flechas con los juncos del arroyo,
hoy teóricamente protegido y realmente seco,
para luego disparártelas, claro.

Pero tu solo querías tus muñecas,
y después esos pintalabios,
cuando yo ya empezaba con mis paseos melancólicos
por lo que hoy es un páramo reseco.
Esos pintalabios con los que tanto gustabas
a los muchachotes malos del barrio.

Estoy convencido:
la culpa es de las muñecas.
Debería estar prohibido jugar a ser mayor
cuando todavía se es niño.

 

Triste rutina

Hoy encendí farolas
a golpe de persiana,
a bofetada de despertador.
Triste después de malsoñar
con que me echaban del trabajo
y de mi se reían
quienes alguna vez dijeron
que éramos camaradas.

Otra vez hago el viaje,
otra vez mal humor, malos humores.
Silencio.
Solo habla algún pobre angustiado
para evitar así el colapso
de su garganta, muerte inevitable,
horrible la agonía.
Casi es de agradecer.

Hoy he encendido el sol
a golpe de peldaños
en la estación del metro.
Tristes inhalan mis pulmones
este licor de efluvios industriales,
tristes lloran mis ojos
este aire rojo y gris que nos envuelve.

Otra vez el rugir
de coches y el chirriar de las cadenas
lo llenan todo
y nos someten a esta vida
que a disgusto tenemos que vivir.
Fantasmas errabundos, tristes muertos
que no sabemos
donde está nuestra tumba.

Sin embargo persiste,
breve destello,
sonrisa que se pierde,
humilde flor que rompe las aceras.
Persiste, terca,
la vida…

© Juan José Ayuso Martínez

Mendigo

El humo del incendio de toda civilización
luce en el gris de tu cabellera,
en las canas de tu barba.
El fuego del incendio de toda civilización
arde en tus ojos,
en el infierno de tu mirada.
¿Como es posible que ocurra esto?
¿Como es posible que ahora ocurra esto?
¿Como es posible que aquí ocurra esto?

Ya se ve el desaliño,
los pantalones raidos y sucios,
acartonados de sudor.
La piel mugrienta, el olor agrio.
El abrigo, puesto, hasta en verano;
ni un lugar para dejar tus cosas.
Ya no tienes cosas.
En el bazar de la basura
haces colecta de desperdicios,
tienes mierda por riqueza.

Ya se ve el abismo en tu mirada,
el vértigo amenaza con apenas vislumbrar tus ojos,
llegar al borde de tus pupilas,
llegar al borde de un precipicio oscuro.
Caer en oscuro mundo de amnesias,
anestesias necesarias hasta la muerte.
Ya no quieres recordar cuando fuistes niño,
ni nosotros reconcer que fuistes niño;
ya no quieres recordar los errores como lápidas,
esa suerte maldita,
esa suerte bendita
que a los demás nos dió buenos triunfos.
No quieres ver el mundo
mas allá de tu carro, de tu perro, de tu cazillo.
Mas allá de esa tienda en que te venden vino malo,
algo de comida,
de la caridad de los albergues como cárceles.
No quieres ver las fauces de este perro mundo
que no perdona,
se ceba en la desgracia,
depredador cruel.

Y no te queremos reconocer hombre, persona,
miembro de la especie ¡pobre paria!
No queremos darte la mano,
no queremos entrar en tu alma,
no nos roce el ascua ardiente de tu dolor,
no nos invada el humo negro de tu locura,
no nos inunde las venas tu pena ácida.
En esa cueva ardiente donde te quemas,
donde te quemas…

Aun tiene que estar,
aun tiene que quedar un hilo,
una gota,
del manantial aquel que calma la sed,
que da frescor, que da paz…
aun tiene que estar ahí,
dentro,
esa mirada de candor
que todos compartimos por un tiempo.

Yo me quedo aquí,
a este lado de la valla,
acurrucado y cobarde,
acurrucado y cobarde
a este lado de la valla,
esperando que resista,
que resista,
que contenga las olas de desesperación.
¿Podrá aguantar así?
¿Hasta cuando podrá aguantar así?
¿Por qué estamos aquí, prisioneros?

© Juan José Ayuso Martínez