Mesías

Mi presencia aquí es fruto de una voluntad manifiesta.
Es un ansia por encontrar el rio, su nacimiento y las nieves que lo alimentan.
Es un ansia por rozar el cielo y ver la luz.

Mi presencia aquí es fruto de una voluntad manifiesta.
Un dolor no, una alegría quizás, el gozo del viaje hasta estas tierras tan inhóspitas que me han recibido con desdén.
Pero yo se que seré su hijo predilecto, el mejor embajador y el soldado más leal de sus ejércitos.

Mi presencia aquí es fruto de una voluntad manifiesta.
Entre estas ondas, al abrigo de los riscos donde habitan espero.
Observo el vuelo, la parada y el picado con el que inician la caza.
Y solo ansió volar, sentir el aire entre mis brazos, entre mis manos como arena que se escapa, las nubes a mi espalda, la tierra un paisaje que se agranda.

Mi presencia aquí es fruto de una voluntad manifiesta.
Ya conozco el rugir de sus olas, ya conozco el fondo de su abismo, ya aprendí a andar sobre sus aguas.
Bajo su piel de blanca furia he conocido mil lenguajes.
Sus rugidos me acompañan como música.

Mi presencia aquí, entre los hombres, es una responsabilidad acuciante, ante la cual abandono mi amada soledad y los ocasos dorados.
He de hablaros del monte y del rio.
He de hablaros del águila y su vuelo.
He de hablaros del mar y de sus aguas.
Se hizo necesario pero ahora es imperativo.
Atended, pues, que os va la vida en ello.

© Juan José Ayuso Martínez

 

 

Huelga

Las flores van a convocar una huelga.
No habrá néctar que liben las abejas,
no habrá colores para los pintores,
no habrá regalos para enamorados.

Harán huelga de pétalos caídos.
Pero ante la amenaza
solo algún tibio comentario
se oye en el ministerio,
y con desgana las convocan
para una toma de contacto.
La rosa vino portavoz
con una buena lista de demandas,
pero la secuestró para su amante
un secretario a dieta de cariños.

la hierba, por solidaridad, hace huelga
-¡Ojo! la que se fuma también hace-
junto a los árboles y matorrales.
Quedan desnudos, fríos, tierra y campo,
y al ocre desabrigo, rabia suman.

No hubo acuerdo. El nuevo delegado,
el crisantemo, desapareció
tras un descanso en las conversaciones.
No pudo ser el secretario, ya sin amante,
y por muchas pesquisas que se hicieron
no se encontró ni rastro ni fragancia,
ni tampoco mensaje aclaratorio.

Es de temer que se hayan extinguido
flores, árboles, hierba y matorrales.
Pero el asunto en vez de remitir
horrible y grave se presenta.
Hartos de ver sus tumbas desfloradas
salen los muertos de su entierro
dispuestos a luchar hasta el final
para que vuelva el mundo a florecer.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Historia de un hombre y un burro

Dedicado a El refugio del burrito

Pasaban burras blancas con la leche
por los caminos de la madrugada.
Pasaban burros grises de labores
por los caminos a los campos.
Pasaba el pobre burro oscuro
arrastrando
el ataud del pobre al cementerio.

¿Donde está el burro, hermano? ¿Donde está?
Tu burro gris, cabalgadura inmensa
por mares e islas,
por espacios siderales.
Tú burro inmenso!
Daba un paso y cruzaba un continente,
daba un trote y cambiaba de planeta.

¿Donde está el burro, hermano?
El burro pardo
que llevó piedra a piedra los muros de tu casa,
llevó la cal, llevó la arena,
sacaba agua del pozo,
labraba tiernos surcos
donde crecía el trigo
con el que hacías pan.

¿Que le hiciste? ¡Hermano! ¿Que le hiciste?
¿No te servía el viejo burro
y lo vendiste al matadero?
¿Te llegaron a dar trece monedas?
¿Que te dijo la tierra de regreso?
¿Que se callaba el aire,
que silencio de pájaros gritaba,
que vacío sumía al sol en negro?

¿Que has hecho con tu vida, hermano?
Ahora
con agrio engaño sacas agua.
Ahora
comes el pan de imitación.
Ahora
son otros quienes mandan en tu casa

¿Que pasará contigo, hermano?
Como tu burro pronto estorbarás.
No habrá tierra llamándote,
no habrá plegaria por el aire.
Tu muerte será seca o sucia o dura
y no habrá pájaro cantando.
Estadisticamente morirás
sin que se mueva un dedo
para contarte entre los muertos.

Pero no tengas miedo.
Él te espera, paciente, humilde.
De sobra sabe de tu error y dulce
aguarda para caminar contigo.
No hará falta que digas nada:
escucha solamente
en lo hondo de sus ojos negros
brillar a las estrellas.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Triste rutina

Hoy encendí farolas
a golpe de persiana,
a bofetada de despertador.
Triste después de malsoñar
con que me echaban del trabajo
y de mi se reían
quienes alguna vez dijeron
que éramos camaradas.

Otra vez hago el viaje,
otra vez mal humor, malos humores.
Silencio.
Solo habla algún pobre angustiado
para evitar así el colapso
de su garganta, muerte inevitable,
horrible la agonía.
Casi es de agradecer.

Hoy he encendido el sol
a golpe de peldaños
en la estación del metro.
Tristes inhalan mis pulmones
este licor de efluvios industriales,
tristes lloran mis ojos
este aire rojo y gris que nos envuelve.

Otra vez el rugir
de coches y el chirriar de las cadenas
lo llenan todo
y nos someten a esta vida
que a disgusto tenemos que vivir.
Fantasmas errabundos, tristes muertos
que no sabemos
donde está nuestra tumba.

Sin embargo persiste,
breve destello,
sonrisa que se pierde,
humilde flor que rompe las aceras.
Persiste, terca,
la vida…

© Juan José Ayuso Martínez