Mendigo bajo la farola

Hilera de farolas de una calle o carretera cualquiera.

Bajo un cono de luz
un mendigo espera sentado.
Espera a ese transeunte que le deje
algún dinero en la escudilla.
No se levanta, no se mueve
del cono de luz de su farola
sujeto como está
por una cadena invisible.

Bajo los conos de luz de las farolas
los mendigos esperan.
Algunos, recien llegados,
no terminan de entender la situación.
Otros ya han claudicado y aguardan.
Hay esqueletos que proyectan sombras chinescas.
Mas allá, unos perros
han empezado a devorar a un indigente recien fallecido.

Bajo esta luz que me maldice
no me atrevo a levantar la cabeza,
no quiero averiguar de donde viene,
no quiero incorporarme,
no quiero descubrir
que estoy encadenado.

© Juan Jose Ayuso Martínez

Solo la vida del mendigo es honorable

Me despierto
pensando en la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que convierta el polvo de la casa
en polvo dorado,
el chirrido de los coches
en cantar de pájaros.

Desayuno deprisa,
ando deprisa,
cojo el tren a la carrera,
empujo, me empujan.
En esta intimidad forzada,
en medio de este disgusto amargo
busco la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que me lleve,
a la cumbre de mis montañas,
tan amadas.

Y ya en la oficina
trabajador obediente,
sumiso esclavo,
borrego que pace su pasto
en este redil de dorados barrotes
busco desesperado las palabras mágicas,
esos versos,
que me abran la puerta,
que me hagan dar el paso,
que me lleven a caminar
a la orilla de la playa.

Solo la vida del mendigo es honorable.
Pero nunca conoceremos
la combinación exacta de palabras
que conforman el poema
que le transporta al paraíso.

© Juan Jose Ayuso Martínez

 

Mendigo

El humo del incendio de toda civilización
luce en el gris de tu cabellera,
en las canas de tu barba.
El fuego del incendio de toda civilización
arde en tus ojos,
en el infierno de tu mirada.
¿Como es posible que ocurra esto?
¿Como es posible que ahora ocurra esto?
¿Como es posible que aquí ocurra esto?

Ya se ve el desaliño,
los pantalones raidos y sucios,
acartonados de sudor.
La piel mugrienta, el olor agrio.
El abrigo, puesto, hasta en verano;
ni un lugar para dejar tus cosas.
Ya no tienes cosas.
En el bazar de la basura
haces colecta de desperdicios,
tienes mierda por riqueza.

Ya se ve el abismo en tu mirada,
el vértigo amenaza con apenas vislumbrar tus ojos,
llegar al borde de tus pupilas,
llegar al borde de un precipicio oscuro.
Caer en oscuro mundo de amnesias,
anestesias necesarias hasta la muerte.
Ya no quieres recordar cuando fuistes niño,
ni nosotros reconcer que fuistes niño;
ya no quieres recordar los errores como lápidas,
esa suerte maldita,
esa suerte bendita
que a los demás nos dió buenos triunfos.
No quieres ver el mundo
mas allá de tu carro, de tu perro, de tu cazillo.
Mas allá de esa tienda en que te venden vino malo,
algo de comida,
de la caridad de los albergues como cárceles.
No quieres ver las fauces de este perro mundo
que no perdona,
se ceba en la desgracia,
depredador cruel.

Y no te queremos reconocer hombre, persona,
miembro de la especie ¡pobre paria!
No queremos darte la mano,
no queremos entrar en tu alma,
no nos roce el ascua ardiente de tu dolor,
no nos invada el humo negro de tu locura,
no nos inunde las venas tu pena ácida.
En esa cueva ardiente donde te quemas,
donde te quemas…

Aun tiene que estar,
aun tiene que quedar un hilo,
una gota,
del manantial aquel que calma la sed,
que da frescor, que da paz…
aun tiene que estar ahí,
dentro,
esa mirada de candor
que todos compartimos por un tiempo.

Yo me quedo aquí,
a este lado de la valla,
acurrucado y cobarde,
acurrucado y cobarde
a este lado de la valla,
esperando que resista,
que resista,
que contenga las olas de desesperación.
¿Podrá aguantar así?
¿Hasta cuando podrá aguantar así?
¿Por qué estamos aquí, prisioneros?

© Juan José Ayuso Martínez