Siempre En Medio

Tras una noche de mal sueño,
de humores y olores,
de legañas en los ojos, ojeras, halitosis
y la negativa del cuerpo a obedecer
si no hay una taza de café por medio.

Ante la perspectiva de un día gris,
de un angustioso viaje hasta el trabajo,
de muchas horas de suplicio alienante
y otra derrota más cristalizada en la sangre
a última hora de la tarde.

Ante esto
y tras lo otro
solo tu sonrisa me salva la vida.

© Juan José Ayuso Martínez

 

Clamor y Derrota

Puedo sentirme héroe invencible
bajo la luz de tu mirada,
cuando me sonries.
De noche, cuando te acurrucas,
puedo llegar a sentirme campeón del mundo,
muralla infranqueable ante todo mal:
es lo que tiene ser alto,
que te lo puedes llegar a creer.

Pero entonces…
¿Si no puedo llevar tu carga a las espaldas,
si no puedo ser roca o parapeto y protegerte,
si no puedo hacer nada por tí,
para qué valgo?
¡Por favor!
¡No me dejes solo en el rincón,
que me muero!

 

Luz Leve

Me gusta así, la luz, apaciguada.
Tu a mi lado tumbada, suavemente
tu mirada, tu cara luminosa
sobre el azul y el frío de este cuarto.

Me gusta así, el aire, quieto.
Y entre tu y yo este resplandor
que crece y llega a las orillas
de tu vientre, de mi vientre.

Crece, crece su luz, anega el aire,
inunda nuestros cuerpos
cuando miro tus ojos,
cuando besas mis labios,
cuando mi sexo arriba
la playa de tu sexo.

Me gusta estar así, contigo, envueltos
en la luz apagada de este instante,
en la luz encendida del deseo,
en el ámbar de un tiempo suspendido.

Triste rutina

Hoy encendí farolas
a golpe de persiana,
a bofetada de despertador.
Triste después de malsoñar
con que me echaban del trabajo
y de mi se reían
quienes alguna vez dijeron
que éramos camaradas.

Otra vez hago el viaje,
otra vez mal humor, malos humores.
Silencio.
Solo habla algún pobre angustiado
para evitar así el colapso
de su garganta, muerte inevitable,
horrible la agonía.
Casi es de agradecer.

Hoy he encendido el sol
a golpe de peldaños
en la estación del metro.
Tristes inhalan mis pulmones
este licor de efluvios industriales,
tristes lloran mis ojos
este aire rojo y gris que nos envuelve.

Otra vez el rugir
de coches y el chirriar de las cadenas
lo llenan todo
y nos someten a esta vida
que a disgusto tenemos que vivir.
Fantasmas errabundos, tristes muertos
que no sabemos
donde está nuestra tumba.

Sin embargo persiste,
breve destello,
sonrisa que se pierde,
humilde flor que rompe las aceras.
Persiste, terca,
la vida…

© Juan José Ayuso Martínez

Nubes

Pasan las nubes blancas como seda,
redondas formas voluptuosas,
como de pechos suaves,
como de tersas nalgas.

¡Ay!

Pasan las nubes blancas,
las nubes grises de tormenta,
amenazando rayos,
amenazando lluvia.
¡lluvia, que al fin,
penetrará la tierra!

© Juan José Ayuso Martínez

 

Monstruo masculino

Hombre; masculino singular.
Hombres; masculino plural.
Un hombre puede ser todos los hombres.

Atrévete a decirlo.
Vamos,
atrévete a decirlo.

“No me importa la sangre derramada
de ese negro bastardo,
ni la de ese pobre diablo
del suburbio.
Ni esos mocosos famélicos
que exhiben su sufrir en el telediario.”

¡Vamos, vamos!
¡Atrévete a decirlo!

“No me importa la sangre derramada
del que no es de mi grupo,
del que no es de mi puño,
del bastardo que no grita
lo que yo grito.”

Atrevete a decirlo.
Vamos.
¡Dilo, dilo!

“Me deleito con la mueca angustiada
de la pobre esclava
que me vende su cuerpo
para que me regocije en su sufrimiento
abusando de su sexo.
Solo porque tengo el dinero.”

Vamos.
¡Dilo, dilo!
¡Dilo!

“Gozo del horror de su rostro,
me excito cuando la golpeo
la humilló,
se me pone como una estaca
y solo pienso en penetrarla
hasta la muerte.”

Dilo, dilo…

“Yo soy el que manda,
yo el que decide quien come y quien habla.
Yo soy el macho de la manada.”

Solo la vida del mendigo es honorable

Me despierto
pensando en la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que convierta el polvo de la casa
en polvo dorado,
el chirrido de los coches
en cantar de pájaros.

Desayuno deprisa,
ando deprisa,
cojo el tren a la carrera,
empujo, me empujan.
En esta intimidad forzada,
en medio de este disgusto amargo
busco la combinación exacta de palabras
que conformen ese verso
que me lleve,
a la cumbre de mis montañas,
tan amadas.

Y ya en la oficina
trabajador obediente,
sumiso esclavo,
borrego que pace su pasto
en este redil de dorados barrotes
busco desesperado las palabras mágicas,
esos versos,
que me abran la puerta,
que me hagan dar el paso,
que me lleven a caminar
a la orilla de la playa.

Solo la vida del mendigo es honorable.
Pero nunca conoceremos
la combinación exacta de palabras
que conforman el poema
que le transporta al paraíso.

© Juan Jose Ayuso Martínez